Familia y Sociedad

La familia: principal escuela de virtudes

[fa icon="calendar"] 17/08/16 20:34 / por Bernardo Sosa

Familia, virtudesAunque en las escuelas y las universidades podamos estudiar lo que la virtud significa, es en la familia donde tenemos nuestro primer contacto vivencial con ella. Nuestros padres son nuestros primeros y verdaderos maestros que nos enseñan a vivir las virtudes de una forma cotidiana y cercana.

Hoy más que nunca se requiere de la familia para la formación de personas que transformen el rumbo confuso por el que nos encontramos navegando.



¿Qué es una virtud?

Si el título de este blog trata sobre por qué la familia es la principal escuela de virtudes, me parece necesario explicar primero que significa una virtud.

Uno de los significados de la palabra virtud proviene del latín virtus, utis que significa fuerza, vigor o valor. La virtud es lo que permite que la persona crezca en su plenitud, cada día a través de la perfección de sus capacidades.

Para los filósofos estoicos, por ejemplo, la virtud era lo único que una persona necesitaba para ser feliz. Para el romano Séneca, una persona podía ser feliz y pobre, feliz y rica, infeliz y rica e infeliz y pobre.  Por lo tanto, lo que determina que una persona sea feliz y plena, de acuerdo a esta escuela filosófica, es el ejercicio de la virtud.

La persona es un ser racional que tiende hacia una finalidad, dentro del hombre mismo se encuentran los mecanismos para alcanzar este objetivo y las virtudes constituyen el ingrediente principal para que esto pueda realizarse.

Dicho lo anterior, pasemos a continuación a explicar por qué la familia es  la principal escuela de virtudes para el ser humano.

¿Por qué la familia y no otra institución?

Desde luego puede decirse que la educación básica y superior pueden brindar las herramientas para que una persona sea más virtuosa. Sin embargo, quizá recordemos la frase –muchas veces trillada- que los profesores decían a nuestros padres: Lo que no se aprende en casa, la escuela difícilmente lo puede enseñar. Podríamos decir que a lo que se referían nuestros profesores era justamente a las virtudes.

La paciencia, la fortaleza y la templanza, por escribir tres ejemplos, son virtudes que se forjan en el calor del hogar.  El hermano mayor que tiene que esperar a que la madre termine de alimentar o de vestir a los pequeños, antes de alimentarse él, va forjando la virtud de la paciencia porque, de hecho, no le queda de otra. Y es esto último lo más importante. Cuando uno comienza a entender y a experimentar, a muy temprana edad, que hay ocasiones en las que la única actitud que uno puede asumir es esperar pacientemente, está forjando un tesoro para su futuro. La realidad que nos rodea, desde el tráfico automovilístico hasta una larga fila en el banco, exige cada vez más de esta virtud, so pena de que el estrés y la desesperación acaben poco a poco con nuestra vida.

Las crisis económicas y afectivas por las que la mayoría de las familias pasan alguna vez, requieren de fortaleza para no tomar decisiones acaloradas que pongan en riesgo su estabilidad. Los padres requieren de esta virtud para soportar las inclemencias de la falta de recursos y de las discusiones que todo matrimonio tiene. Los hijos, a su vez, deben observar dicha virtud en sus padres y vivirla para sobrellevar los desafíos y las tentaciones que “la calle” les presenta.

Finalmente, la virtud de la templanza se empieza a construir desde que el niño guarda el chocolate para comérselo después del delicioso hígado encebollado que su madre le prepara con toda la intención de forjar su salud y –quizá sin saberlo- su carácter.

En esta sociedad donde la inmediatez parece ser el valor primordial, está virtud no solo es necesaria sino urgente. Templar nuestros deseos debe ser la mejor manera de forjar una vida buena, aprendiendo a decidir no con base en nuestro estómago sino en nuestra razón. El futuro traerá sus frutos si desde pequeños, los niños aprenden a frenar sus instintos. Hoy será el chocolate, mañana tal vez sea la copa que evite el accidente o el cuerpo que cambie su futuro.

 

El entorno y las circunstancias, principales adversarios

Sin embargo, debemos estar conscientes que hoy en día es urgente que la familia se vuelva nuestro baluarte. Las tentaciones que nos presenta el entorno actual debilitan cada vez más la virtus necesaria para elegir lo mejor para nuestra vida.

Frases como ¡Vive el momento! y Obedece a tu sed describen, entre otros muchos factores, la inmediatez con la que las personas, y principalmente las más jóvenes, viven sus vidas. Los padres están ausentes por un falso paradigma de éxito que los lleva a descuidar los pequeños momentos de convivencia con sus hijos (jugar con ellos, abrazarlos o contarles un cuento), mismos que son esenciales para forjar una seguridad que haga de ellos, con el tiempo, adolescentes y adultos seguros de sí mismos.

Ahora, no hay que dejar de lado una realidad muy clara. La situación económica de muchas familias les exige a ambos padres salir a buscar el sustento para sus hijos. Sin embargo, es crucial juzgar al respecto si es necesario salir a trabajar porque necesito alimentar a mis hijos o salgo a trabajar porque tengo que terminar de pagar una departamento de lujo o una camioneta, mismos que están fuera de mis posibilidades reales y obedecen más a un capricho mío impuesto por la sociedad.

Dejarse llevar por las exigencias de una “vida líquida”, término que lleva un excelente libro de Sigmunt Bauman, es síntoma de una necesidad de actitud crítica y de un examen de nuestra escala de valores.

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Topics: Virtudes, Familia, Valores, hogar

Bernardo Sosa

Escrito por Bernardo Sosa

Bernardo Sosa Iñigo es Licenciado en filosofía por la Universidad Panamericana. Además, estudió el programa Introducción a Dirección de Empresa (IDE) y el curso Finanzas para no financieros en la Universidad Panamericana. Trabajó dos años como asistente académico del Dr. Héctor Zagal y actualmente se encuentra trabajando como asistente del Director de la Cátedra Carlos Llano UP-IPADE, y como director de contenidos de la página web.

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