Academia

La felicidad según Aristóteles

[fa icon="calendar"] 11-may-2017 6:00:00 / por Maria Teresa Pérez Arenzana

felicidad-Aristoteles.jpgAristóteles afirma que la felicidad es una actividad de acuerdo a la virtud. El hombre feliz vive bien y obra bien (Cfr. Ar. Eth. Nic. 1098b 20). El obrar sigue al ser para la consecución de su finalidad.

 Aun cuando la manera de vivir la vida sea elegible, en tanto que somos seres naturales tenemos una finalidad. Dicha finalidad es la felicidad a través de la trascendencia.

Bien soberano Aristóteles

El fin propio de nuestros actos sería aquel que es querido por sí mismo y los demás por él; bajo esta perspectiva es de suponer que ese fin último será no sólo el bien, sino el bien soberano. Por lo que en nuestra vida debemos tenerlo presente para poder hacer lo que mejor conviene, que será ordenar los actos hacia el máximo bien (Cfr. Ar. Eth. Nic.1094ª 20-25). Por ello, el fin propio de cada cosa será aquello que le convenga por su propia naturaleza. Eso que le compete al hombre por naturaleza es el bien, y de entre todos los bienes, la felicidad (Cfr. Ar. Eth. Nic. 1094ª 16-20). Para conocer lo que es la felicidad partiremos de lo más evidente o ya conocido por nosotros, para posteriormente acceder a lo menos evidente. Por esto se necesita que partamos de la noción de Bien en general (Cfr. Ar. Eth. Nic. 1096b 11).

El bien se toma en diversos sentidos como el ente: el bien se predica de la sustancia; y de la cualidad, como las virtudes. Y de la cantidad, como la medida; y de la relación, como lo útil; y del tiempo como la ocasión; y del lugar, como el domicilio conveniente y de otras cosas semejantes (Cfr. Ar. Eth. Nic. 1096b 25-28).

Así pues, el bien no puede ser común, universal y único, en ese caso no se predicaría en todas las categorías, sino de una sola (Cfr. Ar. Eth. Nic. 1096b 10-13). Esto provoca que muchas cosas sean dichas buenas en relación con su razón de bien, como por ejemplo, la riqueza, la salud y el honor. Sin embargo, lo que se pretende encontrar es un bien que sea absoluto y no relativo como los anteriores, un fin final supremo, y por ello solamente habrá uno (Cfr. Ar. Eth. Nic. 1097 a 10); ya que de otra manera se procedería al infinito en esa cadena no llegando a la finalidad propia del hombre.

Felicidad como bien supremo

El bien supremo o fin final que perseguimos es aquel que no se busca para alcanzar otra cosa, sino que es apetecible siempre por sí mismo y jamás por otra cosa. Parece que éste es la felicidad; ya que la escogemos siempre por encima de todo; es decir, por sí misma y jamás por otra cosa (a diferencia del honor, la riqueza y el placer, que se escogen deseando encontrar en ellas la felicidad). El bien autosuficiente es aquel que por sí solo torna amable la vida, y tal bien es la felicidad ( Cfr. Ar. Eth. Nic. 1097a 15-20).

Los bienes se distribuyen en tres clases: los exteriores, los del alma y los del cuerpo; los del alma son los bienes de máxima propiedad. Ya que la felicidad consiste en las acciones y operaciones del alma, lo cual concuerda con que el hombre feliz es el que vive bien y obra bien. A grandes rasgos la felicidad es una especie de vida dichosa y de conducta recta (Cfr. Ar. Eth. Nic. 1098b 15-20)

Aristóteles considera que el bien es una operación, la más propia del hombre y no una posesión de un bien externo o una operación de las facultades superiores. En esto se está descartando el que la felicidad sea la riqueza, el placer, etcétera. Dicho en palabras de este filósofo: El bien humano resulta ser una actividad del alma según su perfección; y si hay varias perfecciones, según la mejor y más perfecta, y todo esto es una vida completa (Ar. Eth. Nic. 1098ª 16-18).

Felicidad como virtud

La felicidad es lo mejor, y lo más bello y lo más deleitoso. Esto es la virtud, que nos hace capaces de practicar las bellas acciones (Cfr. Ar. Eth. Nic. 1099a 24). Aquí recordaremos el concepto griego de kalokagatía; es decir lo bello-bueno, que se aplica a las acciones rectas. La felicidad pertenece a las cosas venerables y perfectas por ser un principio, pues por causa de ella hacemos todo lo demás. La virtud humana no es la del cuerpo, sino la del alma, así la felicidad será una actividad del alma (Cfr. Ar. Eth. Nic. 1102a 15).

*Este artículo fue extraído del ensayo “El secreto de la felicidad, tres perspectivas y una experiencia” escrito por María Teresa Pérez Arenzana.

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Maria Teresa Pérez Arenzana

Escrito por Maria Teresa Pérez Arenzana

Licenciada en Filosofía. Especialidad en Orientador Humanista y Psicoterapia Gestalt. Participante de talleres relativos al desarrollo humano: Manejo de conflictos, Intervención en crisis, Adicciones, Psicopatología, etc. Participante del programa Persona – Familia por el Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresa, IPADE. Maestría en Filosofía. Especialidad en Antropología y Ética. Ejerce la docencia como miembro de la Academia de Filosofía Social y Política, además de ser profesora invitada de la Academia de Antropología y Ética, en la Universidad Panamericana. Pertenece a la asociación científica: Círculo de Filosofía de la Naturaleza (CFN) con sede en París.

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