Academia

Hesíodo, el primer pedagogo del trabajo

[fa icon="calendar"] 07-feb-2020 11:34:57 / por Gabriel González Nares

 

Cátedra UP-IPADE Carlos Llano

El poeta campesino

Homero fue el poeta que educó a Grecia. Las cosas relatadas por él son nobles y grandiosas. Era, sin duda, un poeta aristocrático. Por ello quedó como un ideal de vida excelente y rica, y un poco lejano para el hombre común y corriente. Hay otro poeta, contemporáneo de Homero, que experimentó la vida común y de trabajo del pueblo llano. Él mismo, Hesíodo, tuvo una granja, cultivó la tierra y crió a sus animales. De modo que sabía lo que era el trabajo duro, la rutina, y las consecuencias de la diligencia y de la ociosidad.

Hesíodo vivía en Beocia, una región al norte de Grecia. Cuando su familia comerciante se arruinó, volvió a las viejas tierras de sus ancestros y se dedicó a labrar la tierra. Por aquellos tiempos, el siglo VIII A.C., Grecia vivía una transición social: las tiranías y las antiguas aristocracias caían frente al desarrollo de las ciudades, más igualitarias y pobladas de artesanos. Los hombres comunes tenían mayor participación, y la vida política se convertía en una vida en común, no sólo en la vida de los gobernantes.

La vida del hombre común, labrador o artesano, se convirtió en la vida del ciudadano. Y Hesíodo, a pesar de su antigua condición acomodada, no dejó nunca su lira de aedo (poeta). Luego de arar la tierra con la yunta tomaba su instrumento y cantaba la condición de los hombres: su situación frente al cosmos y frente a los dioses, así como la realidad del trabajo. De este modo, Hesíodo se convirtió en el primer pedagogo del trabajo en la cultura occidental, pues por primera vez cantó su importancia para hacer fértil al mundo y para hacer a los hombres virtuosos. Enseñó a los hombres que es bueno trabajar.

El trabajo hace fértil el mundo

Cuando se enfrentó a la vida campesina, Hesíodo debió defender sus tierras de las demandas legales que su hermano Perses le interpuso. No estaba el poeta dispuesto a perder lo que había trabajado. Esta situación lo llevó a escribir un poema, Los trabajos y los días, acerca de la situación humana, de su fragilidad y de su necesidad de trabajo. Sin embargo, esta condición laboral tan humana no es una desgracia: es gracias al trabajo que damos frutos y que multiplicamos la naturaleza. Además, los dioses griegos, dice Hesíodo, favorecen a quienes, con su trabajo, colaboran con los ciclos naturales del mundo.

Cuando trabajamos, aprendemos a encauzar las leyes naturales del mundo para nuestro beneficio. De modo que, el hombre se sirve del mundo para sobrevivir; y a veces lo domina. Dominar el mundo con el trabajo de la tierra, los animales, la cerámica o la navegación, hace al hombre semejante a los dioses. Muestra su racionalidad, su espíritu y su capacidad de cuidar el mundo para que dé mejores frutos y él mismo pueda disfrutar de una vida mejor. La comodidad es un fruto del trabajo, así como la abundancia.

El trabajo hace virtuosos a los hombres

Vive mejor el que trabaja que el que es holgazán. Así lo menciona Hesíodo para convencer a sus oyentes. Pero, ¿qué pruebas da?: las más sencillas, que son las consecuencias del trabajo. El que trabajó su tierra consiguió grano y leche para pasar el invierno, mientras que el holgazán se arriesga a morir de hambre. Y de un modo interior, el trabajo del hombre y de la mujer ha forjado su carácter, su interdependencia social y su paciencia.

Hesíodo pretende convencer al lector de que el trabajo es inevitable. Nos engañamos si pretendemos escapar del trabajo. Pero su inevitabilidad no es mala, simplemente es parte de nuestra naturaleza humana; y es también la oportunidad de mostrar que podemos llegar a ser excelentes a través de la repetición diaria de un hábito bueno. De ahí que la disciplina se convierta en garantía de vida buena y de supervivencia económica: tener abundante vino, quesos y pan para calmar el hambre. Sin embargo, el mejor fruto del trabajo es la virtud. El trabajo nos forma a nosotros mismos y nos permite disfrutar del descanso y de una vida lograda en la que somos nosotros los labradores de nuestro propio campo que es nuestra vida.

De modo que podemos decir junto con Hesíodo: “Ahora bien, tú recuerda siempre nuestro encargo y trabaja (…) estirpe de dioses, para que te aborrezca el Hambre y te quiera la venerable Deméter de hermosa corona y llene de alimento tu cabaña; pues el hambre siempre acompaña al holgazán. Los dioses y los hombres se indignan contra el que vive sin hacer nada, semejante en carácter a los zánganos sin aguijón, que consumen el esfuerzo de las abejas comiendo sin trabajar. Pero tú preocúpate por disponer las faenas a su tiempo para que se te llenen los graneros con el sazonado sustento. por los trabajos se hacen los hombres ricos en ganado y opulentos; y si trabajas te apreciarán mucho más los Inmortales [y los mortales; pues aborrecen en gran manera a los holgazanes]. El trabajo no es ninguna deshonra; la inactividad es una deshonra. Si trabajas pronto te tendrá envidia el indolente al hacerte rico. La valía y la estimación van unidas al dinero.”[1]

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[1] Los trabajos y los días, 298-314.

Topics: Pedagogía, Hesíodo, El trabajo

Gabriel González Nares

Escrito por Gabriel González Nares

Gabriel González Nares es maestro en Filosofía Antigua por la Universidad Panamericana, México y licenciado en Filosofía por la misma universidad. Ha sido profesor de filosofía en el Colegio Montreal y en el departamento de Humanidades de la Universidad Panamericana, donde, en la actualidad, es profesor investigador de tiempo completo en la escuela de pedagogía. Ha asistido a congresos sobre filosofía medieval en Santiago de Chile, Nueva York, París y Atenas. Se interesa por la filosofía de la educación, la metafísica y la Dialéctica medieval, especialmente en la transición de la Antigüedad tardía a la Alta edad media latina. Es miembro de la Asociación filosófica de México y columnista en la Cátedra UP-IPADE Carlos Llano.

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