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¿Es posible transformar lo humano?

[fa icon="calendar"] 21-feb-2018 9:30:00 / por Arturo Picos

 

21-de-febrero

¡Vaya paradoja! En estos tiempos, lo único que caracteriza la manera de entender el ser persona es, precisamente, la falta de integración, el nulo entendimiento con relación a cuáles son los aspectos fundamentales para alcanzar nuestra plenitud como seres humanos.

La idea del cambio como la única constante que ofrece el siglo XXI se ha vuelto por demás recurrente.

Desde el punto de vista retórico hay que reconocer que la expresión es afortunada y tiene significado. Sin embargo, en sentido estricto es inadmisible: para hablar de cambio es indispensable un elemento constante y otro que se modifica.

Ilustra muy bien esta idea una broma recogida en una antigua publicación satírica llamada La codorniz. Narra el encuentro accidental entre dos individuos en la calle. Uno dice al otro con sorpresa: <<¡Caramba, don Pancracio! ¡Cómo ha cambiado usted!>>. El otro contesta: <<pues si yo no soy don Pancracio>>, a lo que el primero responde: <<¡Ah!, pues más a mi favor>>.

Nadie cambia tanto como para dejar de ser quien es. Esto explica también para la humanidad en su conjunto: ha evolucionado muchísimo pero aún es humanidad. Xavier Zubiri, metafísico de ascendencia vasca fallecido en la década de los ochenta, decía: <<Yo soy el mismo sin ser lo mismo>>. Ser la misma persona da una continuidad, una trabazón, a la realidad individual. Lo mismo pasa con instituciones y sociedades: hay elementos cambiantes que son posibles gracias a una base de elementos permanentes, constantes.

Un modelo a prueba del tiempo

Los modelos o estereotipos vigentes sobre lo que es el ser humano no se distingue precisamente por ser integrales, sino lo contrario: toman sólo una parte como plataforma para construir la propia realidad. Este carácter fragmentario propicia una visión reductiva en la forma de entender qué significa ser persona.

No sólo partimos de un aspecto único del ser humano para forjar sus exigencias, sino que hacemos de esa parte el todo. Una muestra de esos reduccionismos se ve claramente en ciertas interpretaciones de la psicología freudiana. Con afán de simplificar se concibe al ser humano como constituido básicamente de dos instintos, el sexual y el de la muerte, y con ellos se pretende explicarlo en su totalidad.

No ignoramos la importancia de estas dos tendencias en el hombre, pero reducir a ellas todo lo que él es, significa simplificarlo. Los modernos del siglo XVIII llamarían a esta visión homunculista, término con el que se referirían los ilustrados al hablar de un hombre en miniatura.

La mayoría de los modelos de persona vigentes son fragmentarios y reduccionistas, pero no se complementan, si intentamos establecer relación entre ellos no embonan. Por lo tanto, no hay conexión entre los distintos modos de ser persona. No es extraño, entonces, que en nuestra época predomine un fuerte individualismo sustentado en planteamientos ideológicos muy sofisticados.

El individualismo exacerbado incapacita para reconocer lo genuino del ser del otro, y esto propicia que, cuando pretendemos hacer comunidad, el rasero de la indiferencia ante los puntos de vista de los demás es lo que priva.

Equivale a validar un punto de vista por medio de la suma de opiniones de la mayoría. Con ello se margina a sectores importantes de la sociedad, pues no siempre las minorías están equivocadas. En cambio, si admitimos la validez de los puntos de vista distintos, en términos de verdad, reconocemos lo común sin uniformar.

Se trata de aceptar que hay una realidad humana, objetiva. Y aunque no lleguemos a conocerla totalmente, si existe una base para alcanzar puntos de convergencia. No pretendo platear que este modelo sea la verdad definitiva sobre el hombre, sino examinar qué cosas nos pueden ayudar a aproximarnos, desde distintas perspectivas, a lo que es, y así construir una plataforma común.

Mi objetivo en este texto es proponer un modelo integral, no para sustituir la realidad con él, sino para reconocer esa realidad como algo rico y complejo, irreductible. Este modelo aborda la estructura de la persona en tres niveles: los elementos fácticos, los cognoscitivos y los prácticos.

Elementos fácticos

El primer conjunto de elementos está integrado por la naturaleza humana y la modulación inicial de la misma.

En lo que concierne a la naturaleza humana vamos a considerar tres dimensiones: física, psíquica y espiritual.

Dimensión física. Desconocer la existencia de una naturaleza común para el ser humano se ha vuelto anacrónico en nuestros días. Los avances en torno a la investigación sobre el genoma humano son prueba fehaciente de ello. No obstante, persiste aún la tendencia a reducir la consideración de la naturaleza humana a su dimensión física, más aún, a la constitución corporal del hombre.

Si bien es verdad que una persona humana es primariamente su cuerpo, no lo es de manera exclusiva. La visión materialista de la naturaleza humana radica precisamente en constreñirla a la sola constitución somática, comprometiendo con ello la explicación de experiencias tan evidentes como la conciencia que cada individuo guarda de su propia identidad en medio de los continuos cambios corporales que en él se manifiestan.

Existe otro reduccionismo más sutil, en algún sentido de signo opuesto, que hace del cuerpo algo meramente tenido por el hombre. Tratar nuestro cuerpo como un mero instrumento de rendimiento, placer o vanidad supone <<cosificar>> una dimensión entrañable de nuestro ser.

Un triste ejemplo de los excesos que a este respecto se pueden cometer lo ofrece el conocido caso de aquellas atletas olímpicas que, para lograr mayor rendimiento físico, se embarazaron para después abortar, de modo que su metabolismo estuviera en condiciones de resistir mejor el esfuerzo. Más común es el abuso al que sometemos el cuerpo en el caso de la búsqueda desenfrenada de placer, otra forma de hacer del propio cuerpo un bien de consumo sin atender a las repercusiones que inevitablemente conlleva para la persona.

En ambos extremos, materialismo o cosificación de la condición corpórea, hay una distorsión importante de lo que por dimensión física de la naturaleza humana es preciso entender: yo no soy sólo mi cuerpo, aunque mi cuerpo me constituye de una forma tal que mi propia identidad como hombre me va en ello. Podemos expresarlo diciendo <<yo no soy mi cuerpo, pero no soy sin mi cuerpo>>.

Dimensión psíquica. En un nivel superior al corporal se encuentra la dimensión psíquica de la naturaleza, que en el modelo que proponemos comprende el nivel básico de nuestra vida consciente. En esta dimensión encontramos, entre otras cosas, el amplio mundo de las emociones humanas, componente importantísimo de nuestra esencia.

Aquí también caben los reduccionismos. Por una parte, está el intento de explicar los estados afectivos como la euforia, la tristeza, el dolor o la alegría sólo en función de estados corporales. Por otra, nos topamos con la inflación de la importancia de las emociones; muestra de ello son las telenovelas: ¡con cuánta frecuencia los personajes de estas historietas resuelven su vida únicamente sobre la base de sus meras preferencias afectivas!

Vivir con base en los sentimientos, en función de lo que agrada o desagrada, es confiar la existencia a una dotación muy limitada de fuerzas que desembocan en una total desorientación. La base de lo afectivo es pasiva se atiente a lo que pasa, y eso conlleva que el hombre, cuando se abandona a sus emociones, quede a la deriva.

Una concepción del hombre que no va más allá de la dimensión psíquica afectiva no es capaz, entre otras cosas, de dar cuenta de fenómenos como la existencia del conflicto afectivo: si lo decisivo del ser humano está en manos de sus afectos, ¿cómo explicar que soporte dificultades o emprenda esfuerzos que suponen emociones desagradables? Aquí hace su entrada la tercera dimensión de nuestra naturaleza.

Dimensión espiritual. Hablar de espíritu sugiere, en primera instancia, religiosidad. Pero no es su única manifestación: el arte y la ciencia son realidades que no se explican sin admitir en el hombre capacidades que van más allá de lo meramente material o sensible.

Gracias a las ideas conceptos podemos reconocer realidades no experimentadas con anterioridad, y es en función de los ideales que, en determinadas circunstancias, somos capaces de actuar por encima de las demandas afectivas. Ambos fenómenos son inexplicables sin las capacidades de tipo espiritual.

Cabe igualmente el peligro de darle suma importancia a lo espiritual y menospreciar las otras dimensiones humanas. Esto ha ocurrido en diferentes épocas. Aún existen grupos que, en aras de un ideal espiritual, como puede serlo una creencia religiosa, anulan aspectos humanos importantes, incluso dentro del mismo ámbito del espíritu.

Contraria a todos los reduccionismos, la naturaleza humana es un todo físico-psíquico-espiritual. Hay que considerarla de manera integral. Sin embargo, nuestra naturaleza no se da en bruto, se va modulando incluso antes del nacimiento.

Modulación inicial

Por eso hay que considerar el segundo de los elementos fácticos del modelo integral de persona: la modulación inicial de la naturaleza humana, es decir, su primer desarrollo bajo la influencia del medio social, geográfico y cultural en el que tiene lugar.

Un factor que desde siempre ha sido decisivo en nuestra modulación inicial es la familia. Muchas de las diferencias entre las personas se explican porque su núcleo familiar es diverso. De ahí la importancia que cobra la actual crisis de la institución familiar.

A comienzos de la década de los años setenta se publicó una obra polémica. El shock del futuro de Alvin Toffler. El autor aventuró una serie de pronósticos que se fueron cumpliendo conforme avanzaba el siglo XX. Una de sus <<predicciones>>, que aún no se cumple pero amenaza con hacerlo, es la desaparición de la institución familiar. En la versión fílmica del libro, un documental conducido por Orson Wells, una de sus escenas más impactantes presentaba un matrimonio entre homosexuales. Hoy, en cambio, se admite cada vez más este tipo de unión como un modelo alternativo de familia, e incluso diversas legislaciones les permiten adoptar hijos. Sin embargo, como no es indistinto para el ser humano la influencia de un núcleo familiar funcional o disfuncional, esto empieza a tener consecuencias comprometedoras para el desarrollo armónico de las nuevas generaciones.

Otro factor que influye de manera importante en la modulación inicial de la naturaleza humana, y que no se daba en otras épocas en la misma escala, es la globalización. Ya no somos objeto de la influencia de un medio geográfico acotado, sino de un sinfín de culturas, y el moldea de forma diferente a las personas.

Una anécdota sobre la globalización, que me llegó vía correo electrónico a modo de broma, es contundente a este respecto: una princesa inglesa con un novio egipcio, al viajar en un automóvil alemán, de maquinaria holandesa, conducido por un chofer belga un poco pasado de escocés, se estrella en un túnel francés cuando eran seguidos de cerca por unos paparazzi italianos, quienes manejaban motociclistas japonesas. La princesa, quien desafortunadamente murió, fue atendida por un médico americano que utilizó medicina brasileña y fue asistido por paramédicos filipinos. Como colofón, quien me envió este mail es un amigo de apellido Mackey, mexicano de nacimiento con apellido irlandés.

Determinantes y condicionantes

Hay una diferencia importante entre los dos elementos fácticos del ser humano: mientras que la naturaleza es determinante de ella no nos podemos sustraer, la modulación sólo es condicionante. La diferencia no es sólo de términos.

¿Qué significa que la naturaleza humana sea determinante? Para explicarme quisiera recurrir a una metáfora, para después aplicarla a una realidad natural no siempre bien comprendida. Primero la metáfora: nos regalan un aparato de discos compactos de muy buena calidad. Por alguna curiosa razón decidimos tostar pan con el aparato ¿Qué pasaría? No se tuesta el pan y se descompone el reproductor de discos.

Ahora apliquémosla a la realidad natural, para este caso, la de la sexualidad humana: son muchos quienes actualmente no están dispuestos a aceptar que no podemos satisfacer nuestras inclinaciones sexuales como nos apetezca. Pero la realidad es que, haciéndolo, ha sucedido lo mismo que al tostar pan con el aparato de discos. Una consecuencia de ello está a la vista, aunque muchos no han querido verso así: el sida, ahora trasmisible de muchas maneras, tuvo su origen en el bestialismo, una práctica sexual aberrante para el ser humano y encuentra entre homosexuales uno de los grupos más afectados por este mal. Como dice el refrán: <<Dios perdona siempre, el hombre a veces y la naturaleza nunca>>.

La naturaleza tiene sus requerimientos y un propósito específico en el que caben muchas posibilidades. Vuelvo a la metáfora: el aparato de discos compactos no obliga a tocar solamente música clásica, podemos tocar rap, rock and roll, salsa, no pasa nada, hay posibilidades inmensas, pero dentro del límite de aquello para lo que se creó el aparato de discos.

Este carácter condicionante de la modulación inicial de la naturaleza humana es, en la práctica, tan importante como la naturaleza misma. Por ejemplo, el ser humano es un ser que habla por naturaleza, pero para lograrlo hace falta estimulación lingüística.

Los estudios realizados con más de medio centenar de casos de <<niños salvajes>>, es decir, niños abandonados al poco tiempo de nacer y que se han desarrollado en ambientes privados de estimulación lingüística, demuestran que, después de haber sido recogidos nuevamente por el hombre, no han podido recuperar el lenguaje. En los mejores casos se ha conseguido que manejen un número no superior a las 120 palabras.

Se ha comprobado que los circuitos neuronales relacionados con el desarrollo del lenguaje necesitan estímulo lingüístico para consolidarse. Sin este estímulo no se establecen las conexiones neuronales y el individuo queda afectado de por vida. Nacer en un lugar donde se habla castellano condiciona incluso nuestra lógica y manera de pensar: razonamos de una manera distinta a como lo haríamos si hubiéramos sido criados bajo el idioma alemán. Esto nos deja claro que, efectivamente, algunos elementos de modulación inicial son importantísimos y pueden condicionarnos, aunque no son determinantes y, por tanto, sean superables dentro de ciertos límites.

Elementos cognitivos

Pasemos ahora al segundo conjunto de elementos del modelo, cuya consideración parte de una verdad fundamental: el hombre es un ser que necesita saber lo que es para serlo. Se trata de los elementos cognoscitivos a partir de los cuales la persona humana edifica su propia identidad, y que pueden ser reflexivos o proyectivos.

Los primeros me permiten saber quién soy. A esta cuestión no puedo contestar sólo en términos de mi naturaleza: <<soy un ser humano>>. Necesito, además, conocerme en el nivel de la pregunta <<¿quién soy ese hombre que pienso ser?>>. Y sin embargo, por más que me conozca en ese nivel siempre será más lo que ignoro al respecto. Tan sólo pensemos lo que supone conocer la propia vida. Las autobiografías son siempre obras inconclusas, para que estuviesen en verdad completas tendrían que ser escritas post mortem, cosa metafísicamente imposible.

Existe otro interrogante, que abre otro nivel del conocimiento reflexivo de mi propia realidad: ¿qué puedo ser? La respuesta se bifurca en dos aspectos: por un lado están mis capacidades, y por otro las posibilidades objetivas para desarrollarlas. Para ilustrar esto último pongamos otro ejemplo: una persona es dueña de un magnífico oído musical pero carece de instrumentos y vive en un medio rural o de pocos recursos. Sus capacidades no serían tan limitadas si hubiera podido cultivarlas en un ambiente favorable. Y al contrario: el sólo hecho de contar con las posibilidades sin tener las capacidades no bastaría para efectivamente desarrollarlas.

Influidos en parte por los medios de comunicación, pensamos que ahora somos capaces de todo por el solo hecho de haber aumentado las posibilidades a nuestro alcance. Pero no siempre es posible aprovecharlas, es decir, seguimos estando limitados. Continúan existiendo personas incapaces de cantar entonadamente, por más cuantiosos y simplificados que sean los instrumentos musicales de los que puedan disponer.

Dentro de este mismo nivel de conocimiento reflexivo cabe hacernos una tercera pregunta: ¿cuáles son mis obligaciones? ¿qué debo hacer? La razón de fondo por la que frecuentemente esta pregunta suele marginarse es el pésimo marketing con que se ha intentado colocar la ética y el deber en muchos ambientes; las obligaciones éticas se presentan como reglas negativas o prohibiciones. Cabe otro enfoque mucho más positivo, que presenta lo ético como promoción del ser humano en orden a alcanzar su plenitud. En el fondo, el deber ser no es más que un manual de instrucciones para manejar adecuadamente ese delicado aparato de discos compactos que es nuestra propia naturaleza.

¿Qué hacemos para ir a Acapulco?, tomar la carretera hacia el puerto y seguir los señalamientos de tránsito. <<Que esto es una imposición, que aquí debes dar vuelta, que más allá no debes rebasar…>> Si quieres llegar a Acapulco atiende los señalamientos, de lo contrario puedes tener un accidente o llegar a otra parte. Las obligaciones éticas son eso: letreros que garantizan la llegada a nuestro destino.

Es verdad que el deber por sí solo no proporciona la felicidad, pues en esta última hay mucho más de lo que la sola virtud alcanza. Pero el incumplimiento de nuestras obligaciones morales sí es garantía de una vida malograda y la consiguiente infelicidad.

Elementos proyectivos

Entre lo que cognoscitivamente necesitamos determinar de nuestro ser persona humana está también saber lo que queremos ser. Y a ese conjunto le llamamos elementos proyectivos del modelo integral de persona.

Es común pensar que sabemos lo que deseamos, pero suele no advertirse la diferencia entre saber qué queremos y saber por qué o para qué queremos lo que queremos. Con frecuencia los medios son perseguidos sin considerar el fin que constituye su razón de ser, y muchas veces nos pasa lo que al personaje de un viejo cuento de Emma Godoy: Un ermitaño baja del monte a la playa para indagar cómo vivía la gente común y corriente, se topa con un hombre que recogía unas redes en la playa y le pregunta qué hace. Recojo mis redes. ¿Para qué? Para poder pescar mañana. ¿Para qué quieres pescar mañana? Para poder llevar peces al mercado. Y ¿para qué quieres llevar peces al mercado? Para venderlos. ¿Para qué quieres venderlos? Para poder comer. ¿Para qué quieres comer? Para poder vivir. Y ¿para qué quieres vivir? Para seguir pescando. Podría sucedernos lo mismo que al pescador: caer en un círculo vicioso donde no se sabe por qué hacemos lo que hacemos.

Con menor frecuencia aún que este discernimiento de los medios respecto de los fines, es que acontezca la pregunta interior: ¿qué esperan los demás de mí?. Dentro del horizonte de lo que proyectamos ser apenas suele haber cabida para las expectativas que sobre nosotros tienen el cónyuge, el jefe, los hijos, los subordinados, la comunidad o sociedad en la que vivimos, los propios padres, e incluso Dios, con quien a veces nos relacionamos como un genio de botella o de lámpara de Aladino: alguien a quien pedimos cosas sin pensar nunca si espera algo de nosotros.

No es que la propia vida deba configurarse sólo en función de lo que demandan de nosotros quienes nos rodean; pero construir un proyecto de vida marginando las justas expectativas de quienes merecen nuestra entrega es olvidar algo fundamental de nuestra condición de personas: antes de ser un yo hemos sido y seguiremos siendo un tú para alguien.

Elementos prácticos

Llegamos por último al conjunto de los elementos prácticos de esta propuesta de modelo. Los llamamos así por ser el ámbito en el que lo fáctico y lo cognoscitivo han de ser puestos por obra. Estos elementos se dividen en los papeles que desempeñamos a lo largo de nuestra vida y los niveles donde los ejercemos.

El primer papel que jugamos en nuestra realización se limita al de ser agente de ella: mi vida se da en mí, no en otros. Yo soy el agente portador de mi vida. Hay cosas que se dan en mí aunque no se den por mí, como la duración de mi existencia. Aun cuando la posibilidad de prolongar el promedio de vida más allá de los 100 años (habría que ver en qué condiciones la pasaríamos) sea cada vez más real, esa mera posibilidad técnica no garantiza que de hecho viviremos todo ese tiempo, pues antes podría suceder algo, como padecer un accidente o morir de una enfermedad.

En cambio, hay otros aspectos en los que jugamos claramente el papel de autores de nuestros actos. Éste es el segundo papel. Encontramos en la capacidad de autodeterminación el campo privilegiado para realizar la propia existencia, y es ahí donde invertimos gran parte de nuestros afanes. Pero decidir nuestra propia vida con frecuencia monopoliza la atención y solemos perder de vista lo que alguna vez John Lennon plasmó en una de sus últimas canciones: <<La vida es lo que te va ocurriendo mientras estás ocupado haciendo otros planes>>. En efecto, si no sabemos combinar lo que decidimos con lo que inevitablemente nos ocurrirá, querámoslo o no, seremos incapaces de conducirnos a buen puerto.

Aquí entra otro papel esencial en la realización de nuestra existencia: el de actores. Nos referimos al rol que desempeñamos con las actitudes que adoptamos ante lo que parece irremediable. Así, por ejemplo, nadie escoge a sus padres. Esto es fatalidad pura, no hay nada qué hacer al respecto. Pero las actitudes ante ese hecho pueden ser diversas: vivir como renegados, detestando ser hijos de esos padres o, por el contrario, asumir el hecho como algo querido por nosotros mismos, al grado de que, su nos dieran la posibilidad de elegir progenitores, escogeríamos a los que de facto tenemos.

Victor Frankl narra el caso de un hombre que al enviudar se deprimió profundamente y no había forma de sacarlo de su estado hasta que Frankl le planteó: ¿Su mujer lo quería tanto como usted a ella? Por supuesto, eso es parte de lo que me hace sufrir. ¿Cree que si usted hubiera muerto su mujer estaría pasando por el mismo dolor que está viviendo? Sin duda. Pues ya ve, le ha ahorrado a su mujer pagar ese precio. En ese momento la vida de su paciente dio un giro de 180 grados. Cayó en la cuenta de que su sufrimiento tenía sentido, le había evitado ese pesar a su mujer y cambió su actitud.

Por último, ¿en qué niveles ejerzo esos papeles? Despliego mi realidad personal al menos en tres niveles: lo que tengo, lo que hago y lo que soy. Dentro de cada uno de esos niveles caben opciones que me enfilan en una de dos posibles direcciones fundamentales: la de subordinar el ser al tener o la de supeditar el tener al ser, pasando, en ambos casos, por un hacer para tener o un hacer para ser. De ahí que lo más relevante sea cómo relaciono unos niveles con otros: ¿lo que tengo me hace capaz, posibilita mi grado de acción o por el contrario mi actividad se centra en la posesión como fin?. ¿Lo que hago me mejora como persona o lo que soy se subordina a mi actividad? ¿Valoro mis posesiones por lo que soy o mido lo que soy con relación a lo que tengo? Es claro que se trata de posibilidades con resultados muy distintos.

Conservar el sentido de lo humano

Volviendo al cambio continuo que mencionamos al principio, podemos afirmar que no hay razón para aceptar los cambios pasiva e irremediablemente, como algo ante lo que nada se puede hacer. Podemos conducirlos. Si ciertos cambios suponen comprometer nuestras posibilidades de crecer como seres humanos, habría que evitarlos. Pero para ello es claro que necesitamos un referente, un modelo con relación al cual seamos capaces de identificar esas posibilidades de crecimiento.

Lo que amenaza con desplazar el sentido de lo humano no puede considerarse progreso. Transformar lo humano implicaría llegar a lo extrahumano, es decir, a lo infrahumano o a lo antihumano. Dicho de otra manera: si queremos que los cambios tengan un sentido, debemos saber conservar el sentido de lo humano en medio de los cambios.

Publicado originalmente en la revista ISTMO el 1 de marzo del 2002.

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Topics: Persona humana, Recursos Humanos, Dignidad Humana

Arturo Picos

Escrito por Arturo Picos

Licenciatura en Filosofía por la Universidad Panamericana. Doctorado en Filosofía por la Universidad de Navarra. Programa de Dirección (D-1, IPADE). Profesor del Área de Filosofía y Empresa y director de Preceptoría en el Programa MEDEX, IPADE, sede México. Director de la Cátedra UP-IPADE «Carlos Llano». Miembro de Número de la Fundación Interamericana Ciencia y Vida.

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