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Éxito profesional ¿puerta a la felicidad?

[fa icon="calendar"] 22-dic-2018 17:31:27 / por Francisco Ugarte Corcuera

 

Cátedra Carlos Llano UP-IPADE

El término <<éxito>> se emplea en diversos campos de la vida. Se puede hablar de éxito en el juego, en el deporte, en las relaciones sociales, en las conquistas amorosas, en la familia, en la profesión, en la política, en el arte, en la relación con Dios. En estos ámbitos tan variados, el éxito consiste en alcanzar un logro, un resultado valioso que sea reconocido, del que pueden derivarse consecuencias, positivas o negativas. Sin embargo, nuestro análisis se acotará al éxito profesional y su relación con la felicidad.

Las etapas del éxito

En lo profesional, el éxito suele derivar principalmente del logro conquistado mediante un trabajo llevado a cabo con persistencia y pasión. De ordinario, el éxito incluye varias etapas:

  • Determinar el objetivo al que se desea llegar.
  • Elaborar el plan o la estrategia a seguir, previendo metas parciales, prioridades, medios y superación de dificultades.
  • La acción o puesta en práctica del proceso, con un trabajo hecho a conciencia, con calidad, esfuerzo y perseverancia.
  • La consecución del objetivo propuesto: el logro.
  • El éxito, que es el logro reconocido por los demás, sin este reconocimiento, el resultado, por más valioso que sea, no se considera éxito.

Al alcanzarse, aparece una nueva etapa que consiste en la gestión del éxito, que puede ser la más difícil de manejar. La dificultad se debe a que el éxito influye mucho en quien lo consigue, al punto de que puede generar importantes transformaciones…para bien o para mal. Cuando se ha llegado a esta etapa, surgen las preguntas: ¿el éxito alcanzado es el objetivo final o qué sigue? ¿Con el éxito obtenido se ha conquistado la felicidad? ¿Qué diferencias existen entre éxito y felicidad? ¿Cómo se relacionan?

Deseo de felicidad

En la búsqueda del éxito, las motivaciones suelen ser muy variadas -desde la superación de carencias concretas de carácter económico o psicológico, por ejemplo, hasta la ambición por alcanzar la posición más elevada posible-, pero en el fondo late siempre una que es fundamental el deseo de felicidad, que es universal por estar impreso en la naturaleza humana. Ciertamente, todos anhelamos ser felices, pero no siempre acertamos en el camino para conseguirlo. Por este motivo es importante analizar la relación del éxito profesional con la felicidad.

La experiencia de quien se encuentra en las primeras etapas hacia el éxito -determinación del objetivo, plan a seguir y proceso que es preciso recorrer- suele acompañarse de ilusión y esperanza, dos factores que influyen de manera positiva en la felicidad. La ilusión es alegría anticipada, muchas veces más intensa que la alegría misma experimentada al alcanzar la meta. La esperanza de lograr el objetivo mantiene el ánimo alto confiando en que, disponiendo los medios, se conseguirá. Esto posibilita que quien camine hacia el éxito participe ya de una felicidad que, consciente o inconscientemente, espera que derive del éxito al que se dirige. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando la persona conquista el éxito? ¿Se siente realmente feliz, con una felicidad que corresponde a sus expectativas?

Quien se propone el éxito como objetivo de vida, ordinariamente busca los efectos que de él derivan. ¿Cuáles son esas consecuencias? Además de señalarlas, importa preguntarse, ¿en qué medida colaboran a la felicidad? ¿Qué limitaciones encierran para proporcionar una felicidad completa? Las respuestas a estos cuestionamientos permitirán aproximarse a la cuestión central planteada en este artículo: cómo se relaciona el éxito profesional con la felicidad.

Consecuencias del éxito profesional

Del éxito en el ámbito profesional pueden derivarse los siguientes efectos:

  • Bienes materiales, recursos económicos, riqueza
  • Placer y bienestar físico
  • Reconocimiento y fama
  • Poder e influencia sobre los demás
  • Autorrealización y satisfacción personal

Analicemos cada uno, procurando mostrar su aportación a la felicidad y las limitaciones que encierran para alcanzarla, tanto porque resulten insuficientes como porque pueden -incluso- obstaculizada.

1.- Bienes materiales, recursos económicos, riqueza

Parece claro que alcanzar un nivel de vida digna, en donde las necesidades básicas -alimentación, vestido, vivienda, educación, atención médica, etcétera- estén resueltas, contribuye a la felicidad, mientras que vivir por debajo de ellas, suele provocar ansiedad y zozobra. También, el alcanzar ese nivel de vida proporciona seguridad en el presente y ante el futuro, favoreciendo que la persona se sienta tranquila y feliz.

En cambio, son numerosos los estudios serios que concluyen que, una vez alcanzado el nivel de vida mencionado, el incremento en los ingresos no suele traducirse en aumento de felicidad, pues ésta es interior e inmaterial; no puede saciarse mediante cosas materiales, de modo que, una vez resueltas las necesidades básicas y adquirida una suficiente seguridad económica, si los recursos aumentan, no proporcionarán una mayor felicidad, porque no resuelven las necesidades interiores, como son el afán de conocer la verdad, el deseo de amar y ser amado, etcétera.

Pero además, quien se propone el éxito como objetivo para acumular riquezas, suele incurrir en un círculo vicioso que lo separa progresivamente de aquella felicidad que deseaba. Concretamente, la grieta generada entre lo que se tiene y lo que se desea poseer, produce insatisfacción. Mientras más se obtiene, más se desea conseguir: la fisura se vuelve cada vez más grande y la insatisfacción aumenta en esa misma proporción. Como este proceso no tiene límite, el alejamiento de la verdadera felicidad se agranda.

En cambio, quien se conforma con lo necesario para llevar una vida digna y conseguir la suficiente seguridad económica, no padece el fenómeno anterior; acepta su realidad sin orientar toda su vida hacia la acumulación de bienes materiales: sabe que la felicidad es una tarea interior. Esta aceptación evita la grieta señalada, eliminando la distancia entre lo que se tiene y lo que se desea: lo que se desea es lo que se tiene.

Quien ha entendido lo anterior, podrá luego obtener más recursos -por su talento y dedicación al trabajo-, sin que ello impida su felicidad. Sabrá otorgar a esos nuevos bienes un sentido social, sin disponerse a poseerlos para su propio beneficio; adoptará la actitud del administrador que sabe emplearlos, responsable y solidariamente, sin apegarse a ellos, porque en el fondo no se considera su dueño.

En conclusión, los recursos económicos derivados del éxito profesional pueden colaborar, de manera limitada, a la felicidad al resolver las necesidades que permiten llevar una vida digna y proporcionando una suficiente seguridad económica, en el presente y ante el futuro. En cambio, no pueden proporcionar una felicidad completa por su carácter material.

Cuando alguien cifra su felicidad en las riquezas, consigue el efecto contrario, debido a la creciente insatisfacción que este enfoque le produce. Sin embargo, los recursos económicos también pueden colaborar a la felicidad si se les encauza para favorecer al bien común: generando empleos, apoyando proyectos educativos, promoviendo labores sociales…

2.- Placer y bienestar material

El placer es la sensación de agrado experimentada por un bien físico o material: comida, bebida, sensación táctil, etcétera. El placer se siente, por tanto, en el cuerpo y, mientras no suponga un desorden para el conjunto de la persona, ese gozo o agrado puede colaborar a la vivencia subjetiva de felicidad. El ejercicio físico que genera endorfinas, por ejemplo, ayuda a mejorar el estado de ánimo, a superar el malestar provocado por el estrés y a producir una sensación placentera que repercute en el mejor desempeño laboral y en las relaciones humanas.

Sin embargo, como el placer sensible depende de bienes materiales (lo mismo que los recursos económicos, en el apartado anterior), carece de entidad suficiente para satisfacer las necesidades más profundas de la persona que son de carácter inmaterial. Unido a esto, quien se abandona a una vida marcada por el placer, pierde capacidad de esfuerzo, su voluntad se debilita y difícilmente alcanza metas altas.

La otra limitación del placer es su caducidad. Es efímero, transitorio, dura poco tiempo; en cambio, la felicidad apunta hacia lo permanente. La peor amenaza para la felicidad es su terminación; quien es feliz desea que su felicidad se mantenga y prolongue. Esto explica la insatisfacción o frustración -por demás frecuente-, de quien pretende hallar la felicidad en el placer; lo que suele encontrar al final es el vacío que lo placentero no puede llenar, un vacío existencial que suele ir unido a la sensación de tristeza, soledad o ansiedad.

También aquí puede generarse un círculo vicioso para quien cifra la búsqueda de su felicidad en el placer y se polariza en esa experiencia, por dos razones. Primero, el placer invita a más placer, provocando que la persona dependa cada vez más de aquello que le produce sensaciones placenteras y lo busque con mayor obsesión, hasta acabar perdiendo libertad por aquella esclavitud. En segundo lugar, el organismo se acostumbra al placer que experimenta y requiere dosis cada vez mayores para seguir experimentándolo, con las consecuencias dañinas para la salud del cuerpo y del espíritu.

En conclusión, quien sabe manejar el placer con moderación, evitando excesos que producen desorden en el balance físico, psicológico y moral de la persona, contará con un ingrediente válido para su felicidad.

Es frecuente que quien ha alcanzado el éxito, se sienta con el derecho a disfrutar lo conseguido después de una trayectoria difícil y sacrificada. Este peligro se evita comprendiendo que la felicidad no radica en el placer, sino que es preciso conducirse con autodominio, apuntando a realidades que ofrezcan una satisfacción más duradera y llenen las aspiraciones más elevadas del corazón.

3.- Reconocimiento y fama

Muchas veces, la principal motivación para buscar éxito radica en conquistar el reconocimiento, la aceptación e incluso la admiración de los demás. Es algo muy humano; sentirse aceptado y valorado equivale a sentirse amado. Todos tenemos necesidad del amor en su doble vertiente: amar y ser amado. Por tanto es natural que, al conseguir el éxito y experimentar su efecto de reconocimiento, la autoestima aumente y se experimente alegría y seguridad interior. Esto indudablemente colabora a la felicidad que, como va quedando de manifiesto, se compone de muchas piezas de muy diversa índole.

Sin embargo, el afán de reconocimiento puede convertirse en problema y no favorecer la felicidad por diversas razones. La primera es que, si alguien pretende ser feliz por la fama que alcance ante los demás, carecerá de un soporte sólido ya que la fama corre el riesgo de ser inestable; en ocasiones, basta algún falso rumor para que desaparezca, mientras que lo propio de la felicidad es su estabilidad.

Una segunda razón es que si la autoestima se fundamenta en la valoración de los demás -en lugar de proceder de la realidad personal-, los valores objetivos que se poseen carecerán de solidez: los juicios ajenos pueden ser subjetivos y superficiales. Hoy día, esto se agudiza por el influjo de las redes sociales, donde los usuarios conceden demasiada importancia a lo que se opina de ellos -por el número de likes-, sin que exista un conocimiento real de las personas.

En tercer lugar, quien vive pendiente del qué dirán tiende a cuidar demasiado su imagen y a vivir de apariencias. Frecuentemente, elige actuar sin congruencia, sin autenticidad, sin correspondencia a su modo real de ser y de pensar, provocando una doble vida cercana a la hipocresía que, entre otras cosas, genera estrés y no favorece la paz interior, característica de la verdadera felicidad.

Una cuarta razón negativa es que la obsesión por el reconocimiento y la fama, derivada del éxito, alimenta el ego desordenadamente, en forma de vanidad o soberbia. No es difícil comprobar que cuando alguien se centra en sí mismo pronto experimenta tristeza, por la dirección equivocada de esta actitud egocéntrica. En cambio, con qué prontitud suele aflorar la alegría cuando alguien se propone pensar y ocuparse de las necesidades de los demás.

En conclusión, el prestigio, el reconocimiento de los demás y la buena fama que siguen al éxito profesional pueden ser factores favorables para la felicidad -porque proporcionan seguridad interior y autoestima-, siempre y cuando se fundamenten en la autenticidad, en lo que uno es en realidad, y se encaucen fuera de uno mismo, esto es, al servicio de los demás. Para quien tiene fe en Dios, este enfoque orienta la intención de las propias actuaciones hacia quien en nuestro origen y fin último, y a quien se desea dar toda la gloria, sin reservarla para uno mismo.

4.- Poder e influencia sobre los demás

Es evidente que quien alcanza el éxito profesional adquiere también poder e influencia sobre otras personas. Esto puede ocurrir en el ámbito de la propia empresa o del negocio, con los subordinados o pares, en la familia, entre las amistades, en la vida pública, en la política, etcétera. En algunos casos, el poder o la influencia pudieron haber sido motivaciones principales para luchar por el éxito; en otros, tal vez ese atractivo se descubrió una vez experimentado. Pero se trata siempre de una experiencia que puede gestionarse de diversas maneras y de las cuales dependerá su relación con la felicidad.

Un efecto importante del poder es una mayor libertad para la realización de metas; quien no lo posee, se encuentra limitado en su libertad de acción, que consiste en la capacidad real y efectiva de llevar a la práctica lo que se pretende. Quien detenta poder e influencia, suele experimentar una emoción positiva -una motivación- que puede colaborar a su felicidad. Tal emoción deriva de la virtud o disposición llamada <<magnificencia>>, que inclina a hacer cosas grandes. Si la persona no sólo experimenta la posibilidad de realizarlas, sino que las lleva a cabo, la emoción suele crecer y, en esa misma medida, incrementar su felicidad.

En cambio, si alguien alcanza el éxito y puede influir y hacer cosas valiosas no ejerce esta libertad -porque decide <<jubilarse>>, para dedicarse a <<gozar>> del éxito alcanzado, por ejemplo-, pierde la oportunidad de ser más feliz ¿El reto? Descubrir cómo canalizar esa influencia, para que sea realmente positiva.

El punto crucial en el tema del poder es para qué se utiliza. De esto depende también, en gran medida, el que sea o no factor de felicidad. Si el poder se ejerce acertadamente, brindando buenos resultados y beneficiando a los demás, será fuente de felicidad, porque esa acción estará llena de sentido. Por el contrario, quien ejerce el poder de autoafirmarse, para demostrar a los demás quien es él o por cualquier otra motivación de esta índole, incurre en el egocentrismo que, como se ha señalado, es contrario a la felicidad.

También puede incurrir que, existiendo buena intención, no se atine al ejercitar el poder, porque se cometan errores o se apoyen causas fallidas. En estos casos, a pesar de la natural frustración por no acertar, el efecto negativo en la felicidad es menor, pues de tiene la conciencia tranquila al haber actuado rectamente, y resultará entonces más fácil rectificar y adquirir experiencia.

Muy distinto es el caso de quien, al obtener poder y fuerza para influir, se propone hacer el mal, por motivos que pueden ser muy variados: odio, resentimiento, afán de reivindicación… Lógicamente, quien así procediera, se apartaría desde el principio del camino que conduce a la felicidad, el cual, por el contrario, comienza siempre con el deseo de hacer el bien y todo el bien posible.

Por tanto, para que el poder y la influencia, derivados del éxito, sean ingredientes de felicidad, deben proporcionar libertad para realizar cosas grandes y valiosas que beneficien a los demás y contar además con una buena intención -por encima del enfoque egoísta- para realizar eficazmente el bien que se pretende.

5.- Autorrealización y satisfacción personal

Esta última consecuencia del éxito se distingue de las anteriores, pues es interior y depende más de uno mismo que de los bienes externos (como el dinero o el placer, el reconocimiento o la influencia). Esto se ve más claro aún si se piensa en el logro como fundamento del éxito, del que dependen prioritariamente la autorrealización y la satisfacción personal.

En efecto, el logro tiene un contenido objetivo -haber alcanzado un objetivo valioso- que suele proporcionar riqueza interior a la persona, hacerla crecer y llenar un vacío. En este proceso orientado hacia metas valiosas, las propias capacidades o potencialidades se van actualizando; la persona se supera, se desarrolla y en esto consiste la autorrealización. Los logros suelen generar satisfacción, vivencia interna derivada de conseguir un propósito y adquirir un contenido que enriquece. Si bien esto ocurre en cualquier ámbito, es indudable que la actividad profesional es fuente privilegiada para conseguir el desarrollo personal mediante logros que dan lugar a la autorrealización. Este proceso influye de manera directa en la felicidad, la cual se conquista, en buena medida, a través de logros parciales.

En cambio, cuando una persona nunca consigue lo que se propone -por falta de capacidad o, lo que es más frecuente, por carencia de voluntad y esfuerzo- se frustra y se siente infeliz. Por tanto, obtener resultados profesionales y alcanzar las metas propuestas, son factores importantes de felicidad, por la satisfacción que de ellos deriva. Si los logros son valiosos objetivamente, producirán satisfacción, aunque el éxito como reconocimiento por parte de los demás pueda no estar presente, ya que hay <<éxitos>> que nadie ve, pero que son valiosísimos justamente porque conllevan un crecimiento silencioso.

Sin embargo, ¿se puede decir que tales logros o éxitos profesionales llenan plenamente? ¿Producen una satisfacción que proporcione una felicidad completa? Aparte del enfoque egocéntrico que distorsiona el efecto de felicidad y que ya se ha analizado, puede presentarse otra situación que hace que quien alcanza el éxito profesional no sea feliz. Esto ocurre cuando se polariza el objetivo para el éxito -como si fuera lo único importante en la vida- y a él se le dedica todo el tiempo y la energía. La consecuencia es el descuido de otros ámbitos, también determinantes para alcanzar la felicidad: amistades, familia, descanso, salud, relación con Dios, etcétera.

Esto suele acompañarse de una justificación: <<Trabajaré intensamente hasta lograr el éxito, para después disfrutarlo con los demás>>. Ocurre en la práctica que, al conseguir el objetivo anhelado, la situación familiar se ha deteriorado por falta de atención, la relación con los amigos se ha enfriado y así sucesivamente. Entonces, aquella posible satisfacción por alcanzar el éxito se opaca ante el vacío procedente de las áreas que se han descuidado y que, muchas veces, son difíciles de recuperar.

La solución, por tanto, radica en el equilibrio o balance de una jerarquía de valores presente a lo largo del camino. Esto implicará, en ocasiones, restringir la dedicación a actividades profesionales que interfieran con los otros ámbitos, aunque siempre cabrá la posibilidad de aprovechar más eficientemente el tiempo para llegar a todo. La clave reside en el orden con que se viva y la intensidad en que se sitúe cada actividad.

¿Y cuál ha de ser esa jerarquía que dé lugar a la armonía para alcanzar la felicidad? Para los creyentes, lo primero es la relación personal con Dios, a quien debemos la existencia, quien nos acompaña en el camino y con quien encontramos la felicidad definitiva al final de nuestra vida, si la afrontamos adecuadamente.

En segundo lugar, la dedicación a la familia, núcleo más íntimo y cercano, que influye determinante y prioritariamente en la felicidad de cualquier persona. En tercer lugar, las buenas relaciones con las amistades y con quienes nos relacionamos más frecuentemente por diversos motivos, cuya repercusión en la felicidad es también relevante. En cuarto lugar el trabajo profesional realizado con la máxima calidad e intensidad posibles, confiriéndole un sentido trascendente de servicio a los demás. En quinto lugar, la formación intelectual y cultura según los intereses de cada quien, pues proporciona una visión amplia de la vida -que permite entender el mundo y el momento histórico en que se vive- con el enriquecimiento interior que esto trae consigo. Finalmente, en sexto lugar, el descanso y las actividades lúdicas, los hobbies y las aficiones, que favorezcan la recuperación de las energías para empeñarse a fondo en todo lo anterior.

En conclusión, se puede decir que el éxito profesional, bien manejado, colabora a la felicidad involucra a la persona entera y es consecuencia de tener la vida lograda en todos los aspectos que la integran, no sólo en lo profesional.

Publicado originalmente en la revista ISTMO No. 359 diciembre 2018/enero 2019

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Topics: Éxito laboral, Felicidad, Éxito

Francisco Ugarte Corcuera

Escrito por Francisco Ugarte Corcuera

Nació en la ciudad de Guadalajara (México), obtuvo la Licenciatura y la Maestría en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México, y el Doctorado en Filosofía por la Universidad de Santa Cruz, en Roma. Ha publicado diversos estudios filosóficos, especializados y de divulgación, en el país y en el extranjero. Entre sus publicaciones están; Del resentimiento al perdón: una puerta a la felicidad, Vivir en la realidad para ser feliz, La amistad y Metafísica de la esencia. Ha impartido innumerables clases y conferencias sobre temas antropológicos, apoyado también en su conocimiento de personas de todos los ambientes.

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