Filosofía

La amistad en San Agustín

[fa icon="calendar"] 19/02/18 9:30 / por Gabriel González Nares

amistad_san_agustin_carlos_llano.jpg…uti est vera amicitia, quia non est vera, nisi cum eam tu agglutinas inter haerentes tibi caritate diffusa in cordibus nostris per Spiritum Sanctum, qui datus est nobis

…puesto que no hay amistad verdadera sino entre aquellos a quienes tú aglutinas entre sí por medio de la caridad, derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado

Agustín, Confesiones, IV, 4

La amistad y el orden del amor: amar a las personas, usar las cosas

En su juventud, Agustín tuvo un amigo queridísimo. El nombre de este amigo no lo conocemos, pero sí que conocemos su importancia, pues esta relación fue el punto de partida para que Agustín comenzara a reflexionar sobre la importancia de la amistad en la vida del hombre. Agustín y su amigo se conocieron en Tagaste. Fueron juntos a la escuela. Compartieron los estudios clásicos de retórica. Sin embargo, por una enfermedad repentina, el amigo murió. Agustín se convirtió en el más melancólico y triste de los hombres, pues había perdido a su amigo y la vida ya no tenía sentido.

Este encuentro repentino con la muerte llevó a Agustín a hacer un cambio en su vida. Inició un proceso de abandono de los placeres efímeros y puso en la balanza los bienes que habían disfrutado juntos contra aquella misma amistad. La pérdida de su amigo lo llevó al duelo. El duelo, a la reflexión del sufrimiento. La reflexión, a la comparación de los bienes. La comparación, al encuentro de la fuente de todos los bienes. De modo que, años después del acontecimiento funesto, llegó a esta conclusión: la amistad nos enseña a querer de una manera equilibrada: a ver y amar a las personas como fines, e imagen de Dios, y a ver y usar las cosas como herramientas para servir a los fines, que valen por sí mismo.

Difícilmente tuvo Agustín un tiempo más amargo en su vida, pues “todo se le hacía amargo: su pueblo, insufrible. Su casa paterna, una tortura” (Confesiones, IV, 9) Pues el recuerdo de los momentos placenteros le recordaba inmediatamente la ausencia de su amigo fallecido. Agustín, llegó a la conclusión de que no podía hacer nada para que su amigo regresara, y aun así, él había tenido una vida buena, aunque corta, y que ambos habían disfrutado juntos, y soportado mutuamente. De hecho, Agustín remarca un aspecto bastante fuerte, pues “llegó a odiar todas las cosas” luego de la muerte del amigo, pues la presencia de las cosas buenas y disfrutables le recordaban la ausencia del amigo amado, cuyo nombre no tenemos.

Es aquí donde vemos que la amistad enseña la diferencia entre cosas y personas; entre medios y fines. Agustín amaba mucho a su amigo (nimis carum) pero no como se ama, según nuestro lenguaje actual, las cosas, como quien ama los libros, o el café. Agustín amaba a su amigo con un amor de caridad (caritas). Es decir, su amigo le era muy caro, (nimis carum) y esto se ve en el dolor que enfrentó con su muerte. El dolor vino de la irreemplazabilidad de su amigo. No podía encontrar alguien igual, y de ahí venía el precio de su amigo: por eso le era tan caro. En cambio, las cosas siguieron ahí, mientras que el amigo no. Su uso pudo continuar, pero el amigo no era para uso, sino que era la condición de posibilidad del disfrute y uso de las cosas.

Sin amigos no vale la pena vivir ni podemos disfrutar de los placeres de las cosas: los viajes, el vino, el baile, pues son los amigos uno de los fines que dan sentido al uso de las cosas. Los amigos, por ser personas iguales a mí, (alter ego) son valiosos por sí mismos, no tienen su valor en función de un servicio o algo más que nos den que ellos mismos. De este modo Agustín llegó a la conclusión de que el uso de las cosas no tiene sentido si no es en función de un fin valioso por sí mismo: los amigos. Por eso conviene usar las cosas y amar a las personas, pues si actuamos de manera opuesta: amamos las cosas y usamos los amigos, le damos el lugar del medio al fin y nos confundimos, de modo que nos privamos de ser felices. Sólo podemos ser felices si tenemos amigos y compartimos con ellos los placeres de las cosas. Así, amamos con orden: nos son caros los amigos, como fines, y usamos las cosas, como medios. Esta idea: el orden del amor (ordo amoris) está presente en todo el pensamiento de Agustín. Buena luz puede dar, desde su ámbito clásico, en el nuestro posmoderno. Por ejemplo: nos puede enseñar a ver a los amigos como valiosos por sí mismo, pero también como imágenes de un Bien supremo.

Dedicado a María Fernanda Vilarós, cum dilectione.

Ebook Ética en la Universidad

Topics: Amistad, Amor, San Agustín

Gabriel González Nares

Escrito por Gabriel González Nares

Es maestro en Filosofía Antigua por la Universidad Panamericana, México y licenciado en Filosofía por la misma universidad. Ha sido profesor de filosofía en el Colegio Montreal y en el departamento de Humanidades de la Universidad Panamericana. Ha asistido a congresos sobre filosofía medieval en Santiago de Chile, Nueva York, México y París. Se interesa por la Metafísica y la Dialéctica medievales, especialmente en la transición de la Antigüedad tardía a la Alta edad media latina.

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