Filosofía

Del civismo al complejo de inferioridad

[fa icon="calendar"] 15/06/18 12:30 / por Roberto Alfonso Rivadeneyra

 

Cátedra Carlos Llano UP-IPADE

La virtud que más urgentemente hay que aconsejar al mexicano actual es la sinceridad, para que arranque el disfraz con que se oculta a sí mismo su ser auténtico.

Samuel Ramos

Este fin de semana circulaba sobre Viaducto cuando presencié una actitud poco cívica. Le narro lo sucedido. En el carril de en medio iba un taxi que se percató que necesitaba cambiarse al carril derecho porque se aproximaba su salida. Puso sus direccionales —como todos debemos hacer para anunciar nuestras intenciones al manejar—. En el carril próximo a la salida casi junto al taxi circulaba una Explorer negra que no le permitió el cambio de carril; detrás de la Explorer circulaba un Focus, también negro, que claramente notó las intenciones del taxista, ante lo cual aceleró impidiéndole el paso. Al taxi le fue imposible tomar la salida que necesitaba y tuvo que hacerlo más adelante. Hasta aquí lo sucedido.

En muchas ocasiones hemos escuchado a alguien narrar algo similar. Para los mexicanos el automóvil se ha convertido en una investidura que refleja el resentimiento que cargamos. Existe una agresividad que, de acuerdo con Octavio Paz en El laberinto de la soledad, se remonta hasta la Conquista. De allí el múltiple uso que hacemos del verbo chingar. Porque chingamos antes de que nos chinguen, como anteriormente ya nos chingaron los españoles. Pues somos un pueblo violado —chingado—. Pero espéreme, querido lector, ¿es esto cierto? Reflexionemos un poco.

¿Quiénes fueron los conquistados? ¿Nosotros? ¿Fuimos nosotros los sorprendidos por los españoles? No. Fueron los aztecas, los tlaxcaltecas, los mayas, pero no nosotros. Hay que admitirlo, el porcentaje de población indígena en todo México es de menos de 3% y le aseguro que ellos están más preocupados porque las autoridades mexicanas les respeten sus garantías individuales y su sentido de comunidad que seguir lamentando un pasado que ellos no vivieron. El 97% restante de la población somos criollos o descendientes de ellos. Así que, querido lector, ni a usted ni a mí nos conquistaron los españoles, porque usted y yo tenemos algún apellido español. De acuerdo con esto, entonces, ¿de dónde viene nuestro resentimiento? Aparentemente, de la imaginación. Creemos que fuimos vejados para asumir el papel de la víctima y desde allí cavar una trinchera contra la «injusticia», que parece más una justificación para imponer mis deseos (algo como lo que está sucediendo entre la SEP y la CNTE).

Y, por supuesto, la injusticia contra la que hay que combatir es la de no quedar como el «dejado». Por eso, si el otro enciende sus direccionales para notificarme que desea cambiarse de carril y colocarse delante de mí nuestra natural y mexicana reacción es la de impedírselo. Porque ¿qué se cree? Se quiere meter y además el muy cínico me lo está anunciando. ¡Sobre mi cadáver! De esta manera, cualquier actitud cívica perece. Nuestra incapacidad para leer las intenciones del otro en código positivo han mermado la posibilidad de un México sano y pacífico.

Siempre pensamos que el otro quiere «verme la cara» y actuamos en consecuencia. Pero esa actitud es enferma e inmadura: infantil. Desconfiamos del otro porque desconfiamos de nosotros mismos. El otro es un espejo en el que nos vemos y al no gustarnos el reflejo lo rechazamos. Creemos que rechazamos al espejo cuando en realidad nos rechazamos a nosotros mismos. Este es el mexicano, estos somos nosotros, estos son quienes conducían los automóviles que impidieron el paso al taxi.

Ya lo advirtió Samuel Ramos en El perfil del hombre y la cultura en México: «La psicología del mexicano es resultante de las reacciones para ocultar un sentimiento de inferioridad» (p. 53). Pasamos nuestra vida comparándonos con el resto del mundo. Un día queremos ser como los europeos, otro como los norteamericanos, otro como los brasileños, chilenos e incluso los aztecas. No aceptamos quienes somos, vivimos resentidos por lo que no tenemos y ocultamos nuestro verdadero rostro en la carcajada, en el albur, en la fiesta.

Este sentirnos inferiores —porque sólo quien carece de seguridad en sí mismo necesita compararse— imposibilita que México se convierta en la nación que puede ser. Seguimos siendo niños jugando a «policías y ladrones», justificando nuestros berrinches bajo la imagen de una justicia que sólo puede darse al mismo nivel que cuando un niño deja de llorar porque obtuvo lo que quería.

¿Usted piensa que este país puede dar más de lo que da? ¿Piensa que podemos ser como Canadá, Finlandia, Dinamarca o Alemania y vivir en paz y con dignidad? ¿Cree que tenemos lo necesario para ser una potencia económica? No sé usted, pero yo sí lo creo. Sin embargo, le hago una última pregunta: ¿usted cede el paso cuando otro auto se lo pide? Si aquí respondió negativamente, olvide todo lo demás y goce del país que usted ha ayudado a construir.

 

http://www.elpoderdelapalabra.com.mx/dialogos-2/

 

Ebook Libertad y Educación Cátedra Carlos Llano

 

Topics: Resentimiento, Civismo, Complejo de inferioridad

Roberto Alfonso Rivadeneyra

Escrito por Roberto Alfonso Rivadeneyra

Maestro en Filosofía por la UNAM. Doctorando en Historia del pensamiento por la UP. Profesor investigador del Departamento de Humanidades de la Universidad Panamericana. Profesor del ICAMI y del CPH.

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