Filosofía

El bien y la felicidad en Aristóteles

[fa icon="calendar"] 9/09/19 12:38 / por Laura Cremades Granja

 

Cátedra Carlos Llano UP-IPADE

El punto inicial es la tendencia de todo a un bien, si hay tendencia a algo, es que hay un bien. “Todo arte y toda investigación, y del mismo modo toda acción y elección, parecen tender a algún bien, por esto se ha dicho con razón que el bien es aquello a que todas las cosas tienden. Pero parece que hay alguna diferencia entre los fines, pues unos son actividades y los otros, aparte de estás, ciertas obras; en los casos en que hay algunos fines aparte de las acciones, son naturalmente preferibles las obras a las actividades. Pero como hay muchas acciones, artes y ciencias, resultan también muchos los fines: en efecto, el de la medicina es la salud; el de la construcción naval, el barco; el de la estrategia, la victoria; el de la economía, la riqueza. Y en todas aquellas que dependen de una sola facultad (como el arte de fabricar frenos y todas las demás concernientes a los arreos de los caballos se subordinan al arte hípico, y a su vez éste y toda actividad guerrera se subordinan a la estrategia, y de la misma manera otras artes a otras diferentes), los fines de las principales son preferibles a los de las subordinadas, ya que éstos se persiguen en vista de aquellos. Y es diferente que los fines de las acciones sean las actividades mismas o alguna otra cosa fuera de ellas, como en las ciencias mencionadas (Las actividades cuyo fin son ellas mismas son superiores, porque son más suficientes; pero cuando hay una obra como fin de la actividad, ésta es querida por la obra y, por consiguiente, ésta última es superior)”[1]

Aristóteles sugiere un bien absoluto, objetivo, que se quiere por sí mismo, inmutable, que es común a todos. “Si existe, pues, algún fin de nuestros actos que queramos por él mismo y los demás por él, y no elegimos todo por otra cosa -pues así se seguiría hasta el infinito, de suerte que el deseo sería vacío y vano-, es evidente que ese fin será lo bueno y lo mejor. Y así, ¿no tendrá su conocimiento gran influencia sobre nuestra vida, y como arqueros que tienen un blanco, no alcanzaremos mejor el nuestro? Si es así, hemos de intentar comprender de un modo general cuál es y a cuál de las ciencias o facultades pertenece. Parecería que ha de ser el de la más principal y eminentemente directiva. Tal es manifiestamente la política… Y puesto que la política se sirve de las demás ciencias prácticas y legisla además qué se debe hacer y de qué cosas hay que apartarse, el fin de ella comprenderá los de las demás ciencias, de modo que constituirá el bien del hombre; pues aunque el bien del individuo y el de la ciudad sean el mismo, es evidente que será mucho más grande y más perfecto alcanzar y preservar el de la ciudad; porque, ya es apetecible procurarlo para uno sólo, pero es más hermoso y divino para el pueblo y para ciudades”.[2]

No es fácil y no recomienda Aristóteles usar el rigor en el tema de analizar los bienes en el ser humano y sus fines, porque algunos consideran un bien algo que les ha hecho bien, como las riquezas, que son contingentes. “Nos contentamos con dilucidar esto en la medida en que lo permite su materia; porque no se ha de buscar el rigor por igual en todos los razonamientos… Una incertidumbre semejante tienen también los bienes, por haber sobrevenido males a muchos a consecuencia de ellos; pues algunos han perecido a causa de su riqueza y otros por su valor. Por consiguiente, hablando de cosas de esta índole y con tales puntos de partida, hemos de darnos por contentos de mostrar la verdad de un modo tosco y esquemático; hablando sólo de lo que ocurre por lo general y partiendo de tales datos, basta con llegar a conclusiones semejantes. Del mismo modo se ha de aceptar cuando aquí digamos: porque es propio del hombre instruido buscar la exactitud en cada género de conocimientos en la medida en que la admite la naturaleza del asunto; evidentemente, tan absurdo sería aprobar a un matemático que empleara la persuasión como reclamar demostraciones a un retórico”[3]. Aristóteles va a tratar de describir lo que ve, no va a demostrar nada de tipo matemáticos o físico.

Para conocer las cosas como son ha que aplicar la razón y dominar las pasiones; los intemperantes (incontinentes) o los jóvenes, por ejemplo, viven una época en la que no tienen la experiencia necesaria y en la que se suelen llevar por las pasiones. “Cada uno juzga bien aquello que conoce, y de eso es buen juez; de cada cosa en particular, el instruido en ella, y de una cosa de manera absoluta, el instruido en todo. Por esta razón el joven no es discípulo apropiado para la política, ya que no tiene experiencia de las acciones de la vida, y la política se apoya en ellas y sobre ellas versa; además, por dejarse llevar se sus sentimientos, aprenderá en vano y sin provecho, puesto que el fin de la política no es el conocimiento, sino la acción; y es indiferente que sea joven en edad o de carácter, pues el defecto no está en el tiempo, sino en vivir y procurar todas las cosas de acuerdo con la pasión. Para tales personas, el conocimiento resulta inútil, como para los intemperantes; en cambio, para los que encauzan sus deseos y acciones según la razón, el saber acerca de estas cosas será muy provechoso… Y baste esto como introducción sobre el discípulo, el modo de recibir nuestras enseñanzas y lo que nos proponemos”.[4]

¿Cuál es el bien al que todos tienden? ¿Cuál es el fin último? “Volviendo a nuestro tema, puesto que todo conocimiento y toda elección tienden a algún bien, digamos cuál es aquel a que la política aspira y cuál es el supremo entre todos los bienes que pueden realizarse. Casi todo el mundo está de acuerdo en cuanto a su nombre pues tanto la multitud como los refinados dicen que es la felicidad (en este contexto aparece la palabra audaimonia en su sentido más general, justamente aquel en que convienen todos. El tema de la Ética será en buena parte esclarecer la verdadera significación de esa palabra), y admiten que vivir bien y obrar bien es lo mismo que ser feliz”.[5] Esta afirmación acerca de que hacer el bien es lo mismo que ser feliz es muy importante y traería muchas luces a las personas en todo tiempo, porque muchos parecen no saber qué es el bien más allá de su propia conveniencia y están perdidos en la infelicidad, sin encontrar el camino y sin saber reconocer el bien y la verdad con su inteligencia y elegirlo con su voluntad.

Pero aún así, siendo tan importantes, la paradoja es que ni el bien ni la felicidad pueden describirla igual todas las personas, ni una misma persona. “Pero acerca de qué es la felicidad, dudan y no lo explican del mismo modo el vulgo y los sabios. Pues unos creen que es alguna de las cosas visibles y manifiestas, como el placer o la riqueza o los honores; otros, otra cosa; a menudo, incluso una misma persona opina cosas distintas: si está enfermo, la salud; si es pobre, la riqueza; los que tienen conciencia de su ignorancia admiran a los que dicen algo grande y que está por encima de su alcance. Pero algunos creen que, aparte de toda esta multitud de bienes, hay algún otro que es bueno por sí mismo y que es la causa de que todos aquéllos sean bienes. Pero quizá es inútil exponer en detalle todas las opiniones, y basta con examinar las predominantes o que parecen tener alguna razón”.[6]

Se ha de conocer el qué, tener la meta clara de hacia dónde se va. La experiencia, si se sigue o si no se sigue esa meta, demostrará su validez. La ruta es la de los principios. “Tengamos presente que los razonamientos que parten de los principios difieren de los que conducen a los principios. En efecto, también Platón se preguntaba y buscaba con razón si se ha de proceder partiendo de los principios o hacia los principios; como en el estadio, de los que presiden los juegos hacia la meta o al revés. Sin duda, se ha de empezar por las cosas más fáciles de conocer; pero éstas lo son en dos sentidos: unas, para nosotros; las otras, en absoluto. Debemos pues, acaso empezar por las más fáciles de conocer para nosotros. Por eso es menester que el que se propone aprender acerca de las cosas buenas y justas y, en suma, de la política, haya sido bien conducido por sus costumbres. Pues el punto de partida es el qué, y si está suficientemente claro, no habrá ninguna necesidad del porqué. Un hombre tal, o tiene ya o adquirirá fácilmente los principios. Pero el que no dispone de ninguna de estas cosas, escuche las palabras de Hesiodo: ‘Es el mejor de todos el que por si solo comprende todas las cosas; es noble asimismo el que obedece al que aconseja bien; pero el que ni comprende por sí mismo ni lo que escucha a otro retiene en su mente, es un hombre inútil’”[7]. Aristóteles es duro y claro, la mayoría de las personas pueden ubicarse en la anterior clasificación de hombre inútil de Aristóteles, depende entonces de saber si han aprendido de su experiencia y de su error o no.

Indudablemente hay diferentes formas de vivir, diferentes tipos de vida según el comportamiento de la persona y con base en como se vive, se piensa y se pretende encontrar la felicidad en cosas en las que no necesariamente está. “No parecería sin razón entender el bien y la felicidad según las diferentes vidas. La masa y los más groseros los identifican con el placer, y por eso aman la vida voluptuosa -pues son tres los principales modos de vida: la que acabamos de decir, la política y en tercer lugar la teorética-. Los hombres vulgares se muestran completamente serviles al preferir una vida de bestias, pero tienen derecho a hablar porque muchos de los que están en puestos elevados se asemejan en sus pasiones a Sardanápalo (Rey de Asiria, del siglo IX a.C., famoso por sus vicios y placeres desordenados; según una leyenda, se arrojó a una hoguera con sus mujeres, esclavos y tesoros, en su palacio de Nínive, cuando la ciudad fue tomada)”.

“En cambio, los hombres refinados y activos ponen el bien en los honores, pues tal viene a ser el fin de la vida política. Pero parece que es más trivial que lo que buscamos, pues parece que está más en los que conceden los honores que en el honrado, y adivinamos que el bien es algo propio y difícil de arrebatar. Por otra parte, parecen perseguir los honores para persuadirse de sí mismos de que tienen mérito, pues buscan la estimación de los hombres sensatos y de los que los conocen, y fundada en la virtud; es evidente, por tanto, que incluso para estos hombres la virtud es superior… El tercer modo de vida es el teorético. En cuanto a la vida de negocios, tiene cierto carácter violento, y es evidente que la riqueza no es el bien que buscamos, pues sólo es útil para otras cosas. Por esta razón se admitirían más bien los fines antes mencionados, pues éstos se quieren por sí mismos; pero es evidente que tampoco lo son, aunque se hayan acumulado sobre ellos muchas razones”.[8]

Ante la diferencia de opiniones y de formas de vida, si se quiere conocer con seguridad y encontrar la verdad del fin y del bien, Aristóteles propone lo siguiente: “parece, con todo, que es mejor y que debemos, para salvar la verdad, sacrificar incluso lo que nos es propio; sobre todo, siendo filósofos, pues siéndonos ambas cosas queridas, es justo preferir la verdad”.[9]

Texto extraído de la tesis doctoral “Ética y afectividad en la perspectiva de Aristóteles, Santo Tomás de Aquino y Carlos Llano”, escrita por Laura Cremades Granja en el año 2012 y editado para su uso en este blog, con permiso de la autora.

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[1] Aristóteles, Ética a Nicómaco, 1.1. 1094a

[2][2] Idem, 1.2.1094b

[3] Idem, 1.3. 1095a

[4] Idem, 1.3.1095a

[5] Idem. 1.4.1095a

[6] Idem. 1.4.1094b

[7] Idem. 1.4.1095

[8] Idem. 1.5.1096a

[9] Idem. 1.6.1096a

Topics: Felicidad, Aristóteles, Bien

Laura Cremades Granja

Escrito por Laura Cremades Granja

Cursó Ingeniería Biomédica en la Universidad Iberoamericana, la Maestría de tiempo completo en el IPADE, la Maestría en Educación Familiar en la Universidad Panamericana. Cuenta con estudios de finanzas en el ITAM y estudios de desarrollo humano en ULIA. Trabajó en Bancomer y en Enlaces Integra, subsidiaria de Satélites Mexicanos. Ha sido profesora en la UNAM, en Enlace, en UNIR, UNID, ULIA y el CUP.

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