Filosofía

El propósito de la ciencia política en Aristóteles

[fa icon="calendar"] 23/09/19 12:08 / por Héctor Zagal

 

Cátedra Carlos Llano UP-IPADE

La finalidad de las obras morales de Aristóteles es el estudio y la promoción de la vida buena, es decir, de la felicidad. Nunca se insistirá lo suficiente en que el impulso de estas obras es práctico y, por ende, el desarrollo conceptual está al servicio de la consecución de la felicidad. Los argumentos y definiciones que utiliza Aristóteles se justifican en la medida en que nos ayudan a llevar una vida plena. De aquí que en sus obras morales, las preocupaciones centrales de Aristóteles sean dos: qué es la felicidad y cómo conseguirla.

Aristóteles responde a la primera cuestión diciendo que la felicidad es el ejercicio óptimo y constante de la razón humana. Esta -la racionalidad- constituye la nota típica del ser humano: es aquello que nos distingue del resto de los seres vivos y es, por tanto, la capacidad que debemos desplegar de una manera activa y excelente para ser felices.

La afirmación anterior nos conduce inevitablemente a la segunda de las preocupaciones centrales, a saber, la cuestión de los medios. ¿Cómo se consigue la felicidad? Existen algunas condiciones necesarias para la vida feliz, como un mínimo de salud y de comodidad material; pero, sobre todo, es en el ejercicio de las virtudes morales y de las virtudes intelectuales donde se concreta el despliegue óptimo de la vida humana. Vivir virtuosamente es la mejor manera de garantizar -dentro de las posibilidades de la condición humana- una existencia plena.

La filosofía de las cosas humanas de Aristóteles -filosofía moral, diríamos hoy- se concentra en la Ética eudemia, la Ética nicomáquea, la Magna moral, el opúsculo Sobre las virtudes y los vicios, la Política, la Constitución de Atenas, la Retórica y, en cierta medida, en la Poética.

Los expertos coinciden en descartar la autenticidad de Sobre las virtudes y los vicios y la Magna moral. Esta última, en el mejor de los casos, es la recopilación de notas de algún estudiante. Así, se puede prescindir de dichas obras al escribir sobre Aristóteles.

La Ética eudemia es anterior a la Ética nicomáquea. En la primera, la cercanía con Platón es palpable y se concede un pequeño espacio a la inmortalidad del alma humana y a la providencia divina, con lo cual resulta una ética más afín a la tradición judeocristiana. Según el Aristóteles de la Eudemia, Dios juega un papel en la vida moral de los hombres:

Dios (theós), en efecto, no gobierna dando órdenes, sino que es el fin en vista del cual comanda la sabiduría (el término <<fin>> tiene a su vez un doble sentido explicado en otra parte) ya que, evidentemente, Dios no tiene necesidad de nada. Aquel modo, por consiguiente de elección y adquisición de bienes naturales que promueva en mayor medida la contemplación de Dios […] será el modo mejor y la más bella norma, y será mala, por lo mismo, la que por defecto o por exceso nos impida servir y ver a Dios (EE VIII, 3, 1249b 14-21).

Estas palabras de Aristóteles recuerdan, de inmediato, la expresión de Platón en Leyes: <<Para nosotros, Dios es la medida de todas las cosas>> (Leyes, 716c). En la Ética eudemia se percibe un aire de esperanza religiosa.

Por el contrario, en la Ética nicomáquea, Dios no juega sino un papel meramente decorativo en la vida moral; no encontramos una creencia en la pervivencia del alma en un más allá. Más aún, las pocas referencias que hace Aristóteles a la divinidad en dicha obra son poética, culturales, mitológicas:

Pero con un ser muy separado de los hombres, como con un dios, ya no es posible [que subsista la amistad]. De ahí el problema de si los amigos (fíloi) pueden realmente desear para sus amigos los más grandes bienes, por ejemplo, el llegar a ser dioses, porque entonces ya no serán amigos para ellos, ni habrá para ellos bienes, puesto que los amigos son bienes (Et. Nic. VIII, 7, 1159ª 5-10).

El dios que aparece en esta obra es el Motor inmóvil de Metafísica XII, una Inteligencia indiferente a lo que sucede más allá de sí mismo. Dios no conoce el mundo, porque el mundo no es digno de ser conocido.

Ciertamente, el hombre virtuoso se esmera por imitar la sabiduría divina, pero no cultiva la ciencia porque espere una ayuda de los dioses, sino porque el ejercicio de la sabiduría es de suyo gratificante y placentero. En contraste con las Leyes de Platón y con la Ética eudemia, el dios de la Ética nicomáquea no es medida de la acción humana. La pauta de comportamiento del caballero esclarecido (spoudaios) no es Dios, sino la recta razón que evalúa moralmente las acciones de acuerdo con la conveniencia del momento y de la circunstancia. El hombre prudente es ley para sí mismo. La moral de la Nicomaquea, por decirlo de una manera provocativa, es autónoma y está más emparentada con el sofista Protágoras -<<el hombre es la medida de todas las cosas>>-, que con la moral teísta de la Ética eudemia.

Creo, por ello, que está fuera de cualquier duda que Aristóteles se fue alejando paulatinamente de un planteamiento teísta en lo moral hasta llegar a un punto en donde la moral es una intramundana, ajena a las fuerzas divinas. De ahí que sea aventurado combinar las ideas de la Eudemia con las ideas de la Nicomáquea.

Artículo extraído del libro “Amistad y felicidad en Aristóteles”, escrito por el Dr. Héctor Zagal.

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Topics: Política, Felicidad, Aristóteles

Héctor Zagal

Escrito por Héctor Zagal

Doctor en Filosofía por la Universidad de Navarra. Profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana. Autor de Ética para adolescentes posmodernos y Gula y cultura.

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