Filosofía

La civilización del consumo

[fa icon="calendar"] 9/08/16 6:30 / por Diego Espinoza Bustamante

Juan-Pablo-IIEl término virtud significa fuerza, consistencia: aquello mismo que nos hace hombres. El hombre se define por su espíritu. Aristóteles, al identificar la virtud con lo que amplía las posibilidades humanas, lo dice de una manera bella: «Llamamos felicidad al desarrollo o expansión de la actividad del espíritu». Como es manifiesto, he cambiado la palabra virtud y he puesto la palabra felicidad en su lugar. Pero ello no es ningún despropósito.

Los griegos no tenían más que un sólo vocablo para expresar esas dos realidades: la areté servía tanto para expresar la virtud como el éxito. El hombre de éxito era el hombre virtuoso y el hombre virtuoso era el hombre de éxito. Por ello, el valor humano no se medía por los bienes materiales poseídos, sino por el vigor que trae consigo el hecho de vivir la propia humanidad.

Para el pensamiento cristiano, que amplía sin medida los límites de la filosofía griega, los bienes necesarios son aquellos que amplían nuestra capacidad de ser hombres, que «esponjan» nuestra naturaleza espiritual, que nos hacen ser más. La voz clara de Juan Pablo II lo ha afirmado en su encíclica sobre la cuestión social –Sollicitudo Rei Socialis– también estudiada por nuestro autor: «Los verdaderos bienes –dice– son los que le abren el horizonte al hombre»; los falsos bienes son los que nos encierran en nuestro armario, en nuestra cochera, en nuestro iPod.

 

Un mal espiritual contemporáneo

Repetimos: el cristianismo subraya y potencia lo que la mente pagana de Aristóteles atisbaba: si los bienes estorban o benefician el crecimiento de nuestro propio ser, ésa es justamente la piedra de toque para saber si son o no necesarios. Los que despejan el panorama vital son los bienes necesarios, los que lo achican son bienes superfluos.

Superfluos son los bienes que se oponen al crecimiento humano. Aristóteles, y Juan Pablo II de un modo más nítido, no han dado una estadística de consumo, una proyección de mercadotecnia o alguna enumeración de cosas «necesarias», sino algo más profundo. Han aportado un criterio.

Finalmente, obtenemos una reflexión más a partir de la lectura del texto que el lector tiene en sus manos, y que también deriva principalmente de la perspectiva cristiana de Juan Pablo II: lo importante es poder distinguir por qué lo superfluo se podría convertir en nocivo. Lo malo no es lo superfluo, sino lo superfluo mío contemporáneamente existente con la carencia de lo necesario en otros. Lo superfluo se convierte en nocivo porque coexiste con la carencia de lo necesario, porque priva a alguien de lo que realmente necesita.

El retener para sí lo superfluo es entonces optar por la primacía de las cosas sobrantes en demérito de las personas que carecen de lo elemental y básico. Pero la conclusión se quedaría, así, a medias: tener lo superfluo es nocivo porque hay otros que lo necesitan.  Llano nos recuerda: “Quien retiene para sí lo superfluo no hace sólo daño a quien lo necesita, sino que sobre todo se hace daño a sí mismo, ya que se impide el ejercicio de la solidaridad que es justamente la virtud más valiosa del hombre.”

Cuando yo no le doy lo superfluo a otro que lo necesita, el perjudicado no sólo sería el otro, sino yo mismo, por impedirme el ejercicio de la solidaridad que me haría más hombre que aquellas cosas superfluas que yo retengo. Tenemos, pues, en las manos, un audaz intento de diagnosticar adecuadamente, como Platón, cuál es el mal espiritual contemporáneo, y en su caso, cuál es su posible cura o solución.

 
 
 
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Topics: Civilización, Pensamiento cristiano, Consumismo, Cristianismo

Diego Espinoza Bustamante

Escrito por Diego Espinoza Bustamante

Licenciado en filosofía por la Universidad Panamericana. Actualmente trabaja como adjunto de rectoría de la Universidad Panamericana y como Asistente de Investigador adscrito al Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Sus intereses filosóficos tienen que ver con metafísica de la mente, metafilosofía, filosofía cristiana y teorías de la verdad. También le interesa la historia de la filosofía medieval, de la filosofía analítica y del pragmatismo americano, así como el cultivo de autores; por ejemplo, Santo Tomás de Aquino, Guillermo de Occam, John Dewey, Ludwig Wittgenstein y W. V. O. Quine.

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