Filosofía

La filosofía como pregustación de la eternidad

[fa icon="calendar"] 14/10/19 0:00 / por Gabriel González Nares

 

Cátedra Carlos Llano UP-IPADE

“Si acaso te fascinó la tierra para hacerte perder la razón, tu misma conformación te advierte, a ti, cuya cabeza con la frente levantada se dirige al cielo, que eleves tu espíritu a las cumbres, para que tu inteligencia no se hunda con el peso de la materia en abismos que la rebajen a nivel inferior al de tu cuerpo, al que la naturaleza le hace mirar al cielo.”

La filosofía a Boecio, Consolación, Libro V, metro 5.

1) El asombro ante el misterio de la vida

En esta era postmoderna no tenemos tiempo. La vida cotidiana nos consume en su trajín. Ir y venir. Andar y volver. Trabajar hasta el cansancio. Y cansancio permanente. De modo que queda poco tiempo para el disfrute, la reflexión y la contemplación. A causa de esto, el silencio nos incomoda frente al ruido cotidiano. Nuestra vida nos parece un misterio cuando nos detenemos a meditar un poco. Este misterio asombroso nos invita a ver nuestra vida, y la realidad misma con serenidad. Aquella capacidad de asombro es el comienzo de la filosofía, pues ella es la búsqueda de las respuestas a las preguntas más profundas que nos podemos hacer.

Algunos seres humanos profundizan más sobre estas preguntas y dedican su vida a contemplar los misterios de la vida y de la realidad, que no son problemas prácticos que haya que resolver, sino qué observar con atención y disfrutar su vista. Estos seres humanos son los y las filósofos que, con valentía, dedican su tiempo a contemplar las más profundas preguntas, que a muchos horrorizan: ¿Por qué existe el mal y el dolor?,¿Existe Dios?, ¿Podemos esperar la vida eterna?, ¿Tiene sentido nuestra vida o se pierde en la inmensidad de la nada? A muchos, el sólo planteamiento les repugna. A los filósofos, con curiosidad y valentía, los impele a buscar la respuesta en el diálogo, con dedicación, devoción y con inquietud.

2) Contemptum mundi, ¿desprecio del mundo?

Es por esta vocación, diferente del trajín diario, que parece que el filósofo tiene cierto desprecio por el mundo. Parece que el filósofo, por dedicarse a la vida contemplativa, vive en una torre de marfil, o deja de cuidar aspectos de su vida como la limpieza y la dieta. Sin embargo, el filósofo contempla las cosas del mundo, pero no se queda en ellas. Vive dentro del mundo, pero intuye que las respuestas buscadas no las ofrece el mundo. ¿Qué busca el filósofo? Eminentemente la verdad, en sus diversas manifestaciones, pero también busca la contemplación, el disfrute y, sobre todo, la paz de la quietud. Esta paz es una realidad difícil de encontrar, porque sólo podría venir del encuentro con lo permanente y fundamental.

3) Buscar lo estable, lo eterno, el descanso

De modo que, ¿dónde hemos de encontrar la paz de la quietud? Si esta paz sólo viene del encuentro de lo permanente y fundamental, porque no cambia, entonces sólo la apertura a las realidades eternas e inmutables puede llenar al hombre interior de paz y de quietud. Es el encuentro con la realidad última, soberana y atemporal, a través de la argumentación que contempla y el corazón que desea saciarse, el que puede llevarnos al descanso. Claro que, en una sociedad postmoderna es difícil entender que la contemplación sea una acción plena y satisfactoria, pues el centro de la vida activa es el trabajo. Sin embargo, trabajamos para poder gozar de las acciones que no son trabajo, sino descanso. Pensemos en el ejemplo del sueño profundo. Cuando dormimos encontramos el descanso y disfrutamos un suspenso del trajín. Muchas veces deseamos más dormir que despertar, pues aquella suspensión nos lleva, de un modo, fuera del tiempo, y por esa falta de movimiento, descansamos.

4) El filósofo pregusta la eternidad: encuentro con la espiritualidad
Así, el filósofo se encuentra con la eternidad porque su corazón está inquieto hasta que encuentre la realidad última y necesaria que es el fundamento de las cosas que pueden cambiar y que son inestables. La búsqueda de la estabilidad nos lleva fuera del tiempo. Y, por ello, el acto de la contemplación que el filósofo hace, es un acto del descubrimiento de sus capacidades espirituales, que son inmateriales. Este descubrimiento también es una experiencia de tipo cuasi-gastronómico, pues el filósofo, o contemplador, recibe una "probadita" de lo eterno, lo inmutable y lo estable cuando ejercita la contemplación y busca la quietud. Esta "probadita" o pregustación de las realidades estables que están en la eternidad, es la marca de la sabiduría, que hace que nuestra vida sea interesante y esperanzada. Por eso dijeron los antiguos latinos que el saber y el sabor entran por la boca, pues ambos los podemos experimentar gratamente.

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Topics: Filosofía, Eternidad

Gabriel González Nares

Escrito por Gabriel González Nares

Es maestro en Filosofía Antigua por la Universidad Panamericana, México y licenciado en Filosofía por la misma universidad. Ha sido profesor de filosofía en el Colegio Montreal y en el departamento de Humanidades de la Universidad Panamericana. Ha asistido a congresos sobre filosofía medieval en Santiago de Chile, Nueva York, México y París. Se interesa por la Metafísica y la Dialéctica medievales, especialmente en la transición de la Antigüedad tardía a la Alta edad media latina.

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