Filosofía

La verdad en la práctica: el acierto en la dirección

[fa icon="calendar"] 21/10/19 11:14 / por Héctor Zagal

 

Cátedra Carlos Llano UP-IPADE

En Análisis de la acción directiva, Carlos Llano se refiere al concepto de verdad en la práctica. Este concepto es piedra angular de su pensamiento, tanto en el terreno del Management como en el de su filosofía. Su obra entera puede ser leída como apuntes en torno a este tema. Algunas consideraciones más o menos filosóficas, son indispensables para ponderar, en su justa medida, el pensamiento de Llano.

Para hablar de verdad en la práctica, Carlos Llano se inspira en santo Tomás de Aquino quien, a su vez, toma la idea de Aristóteles. Además de estas fuentes clásicas, Llano se valió de algunas ideas de Fernando Inciarte, quien lo puso sobre la pista de este peculiar tipo de verdad. Desde los tiempos en que fueron condiscípulos en el Angelicum de Roma, Inciarte se interesó en la verdad práctica aristotélica. Bien es cierto que Inciarte nunca pretendió aplicarla a la dirección de empresa. La aplicación de este concepto filosófico a la teoría de la dirección es idea de Llano.

A partir de las ideas aristotélicas de verdad práctica (aletheia praktike) y de causa ejemplar (paradigma), Llano propone el concepto de acierto como corazón de la acción directiva. Para decirlo rápido y pronto, ¿quién es el buen director? El que sabe acertar en la práctica.

Dado el enfoque empresarial de Análisis de la acción directiva, Llano no aborda estos temas de una manera erudita, como sí lo hará en sus libros Sobre la idea práctica (1998) y Examen filosófico del acto de la decisión (1999). En cualquier caso, es notorio que Llano apenas hubo explorado a Gadamer y otros autores asociados al movimiento de rehabilitación de la racionalidad práctica cuando habla filosóficamente del tema. El enfoque de Carlos Llano es eminentemente escolástico; incluso Aristóteles sólo aparece tangencialmente.

¿Qué quiere decir Llano con “verdad en la práctica”? Significa que el trabajo práctico es irreductible al conocimiento teórico.

Teoría y práctica son dos funciones de la racionalidad humana irreductibles entre sí. No es lo mismo evaluar que ejecutar; diagnosticar que actuar; planear que hacer.

En el terreno de la teoría, la verdad consiste en la adecuación del entendimiento con la realidad. Por ejemplo, la afirmación “París es la capital de Francia” es verdadera sí y sólo sí, de hecho, París es la capital francesa. El error consiste en lo contrario, la discordancia del pensamiento con la realidad. Por ejemplo, la afirmación “Burdeos es la capital de Francia” es falsa porque, de hecho, los poderes centrales de la República francesa residen en París. Cuando la inteligencia conoce verdaderamente, la realidad se comporta -por usar una metáfora burda- como espejo del mundo. Cuando se equivoca, la inteligencia teórica no refleja el mundo, dicen los escolásticos.

Precisamente por eso, piensa Llano, el directivo humilde debe prescindir de su propio yo para diagnosticar objetivamente la organización. Debe conocerla tal como es; no como él se la imagina o como le gustaría que fuera. La objetividad no es otra cosa que el reflejo fiel de la realidad en el espejo de la inteligencia. La palabra latina Speculum significa espejo; por ello se dice que el pensamiento teórico es especulativo: la razón refleja el mundo. El corazón del trabajo especulativo es pues, analizar y argumentar.

En el trabajo productivo y práctico la inteligencia funciona de manera diferente. Si bien el punto de partida es el conocimiento objetivo del mundo -el diagnóstico-, el agente elabora un proyecto, un plan, que utiliza como guía para modificar la realidad. A partir de la idea práctica, plan o proyecto, el hombre modela el mundo. Se trata de una adecuación de la realidad al modelo. La realidad se amolda al proyecto pensado por el agente.

Pensemos en un escultor, Miguel Ángel concibe La Piedad, la dibuja y proyecta. Viene entonces la ejecución, el enfrentamiento con el bloque de mármol. El peor escultor no es el que planea mal sus proyectos, sino el que no puede ejecutarlos. Los dos errores son, sin duda, deficiencias graves, pero la incapacidad de ejecutar un proyecto es una deficiencia práctica. En época de Miguel Ángel hubo otros escultores que también eran capaces de concebir bellas esculturas. No todos, sin embargo, fueron capaces de realizarlas. Carecieron de la capacidad de ejecución, que es lo propio del artista. Todos podemos imaginar un cuadro más o menos hermoso, pocos, pueden pintarlos. Plantear un negocio es muy distinto de ganar dinero con el negocio. Entre teoría y práctica hay una brecha abismal.

En ocasiones, los proyectos no se ejecutan por una deficiencia teórica en el proyecto. Si el ingeniero no calcula correctamente las estructuras, el edificio no podrá levantarse o acabará colapsando. Un deficiente plan de negocios o un error en la planeación fiscal puede acarrear una quiebra de una empresa. Llano no pretende desvalorizar la teoría, simplemente subraya que lo específico del directivo es la acción, no la especulación. A Llano le gustaba bromear con este tema y decía que desconfiaba de los consultores que no habían dirigido empresas exitosas.

Para transitar del proyecto teórico a la ejecución, apunta Llano, no bastan las buenas ideas o los proyectos fantásticos, hacen falta capacidades ejecutivas, que no se adquieren a través del análisis y la argumentación científica. La ejecución de un proyecto requiere de habilidades intelectuales prácticas y del temple de la voluntad. Para nadar no es suficiente haber leído un libro de natación, hace falta saber hacerlo y poder resistir.

Esta idea es típicamente aristotélica y fue asumida por Tomás de Aquino. Según Aristóteles, existen virtudes intelectuales teóricas y virtudes intelectuales prácticas. Para hacer más comprensible lo que Aristóteles entendía por virtud intelectual, podemos llamarlas “habilidades de excelencia” o, en inglés, skills.

Las virtudes intelectuales teóricas hacen posible el conocimiento objetivo del mundo; su finalidad es conocer la verdad. No me detendré a hablar de ellas. Basta con reiterar que su finalidad es la verdad objetiva.

Las virtudes intelectuales prácticas son dos: la técnica y la prudencia. A diferencia de las virtudes teóricas, su propósito no es contemplar el mundo, sino transformarlo. La técnica transforma el mundo de los cuerpos; la prudencia transforma el mundo de las personas. La dirección de organizaciones, por tanto, se encuentra en el ámbito de la prudencia. Esta es una tesis prototípica de Carlos Llano.

La finalidad de estas virtudes no es la objetividad, sino la producción y la acción. Estamos en el ámbito de la racionalidad humana, donde la inteligencia modifica y transforma el mundo material y el mundo de las personas.

¿Cómo se evalúa la inteligencia práctica? Pensemos en el caso sencillo. ¿Cuándo decimos que un médico sabe medicina? Cuando cura. ¿Cuándo decimos que un negociante sabe negocios? Cuando gana dinero. En otras palabras, el criterio para evaluar la acción productiva y la acción práctica es el éxito en el proyecto ejecutado. Grosso modo, esto es lo que Aristóteles llamó “verdad práctica”, y que Carlos Llano denominó “acierto” o “verdad en la práctica”.

 

Texto extraído de Zagal, Héctor, Para entender a Carlos Llano, 2014, Nostra ediciones, pp. 71-74

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Topics: Éxito, Aristóteles, Eficiencia, Razón práctica

Héctor Zagal

Escrito por Héctor Zagal

Doctor en Filosofía por la Universidad de Navarra. Profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana. Autor de Ética para adolescentes posmodernos y Gula y cultura.

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