Filosofía

¿Quién puede no ser aristotélico?

[fa icon="calendar"] 11/10/19 0:00 / por Héctor Zagal

 

Cátedra Carlos Llano UP-IPADE

La variada gama de “aristotélicos” en la historia de la filosofía es muy amplia: Tomás, Ockham, Hegel, Gadamer, Gilbert Ryle… Del Corpus es posible inferir un sinnúmero de tesis. “De Aristóteles, como de la falsedad, se sigue cualquier cosa”; gusta repetir jocosamente una de mis colegas…

Frente a las largas listas de autores “inspirados” en Aristóteles, es lícito preguntarse si, además del talante citado, existe una tesis específicamente aristotélica. Quizá no un atributo exclusivo, pero sí un rasgo que excluya a Aristóteles de otras tradiciones filosóficas; algo así como aire o parecido de familia, por utilizar la feliz frase de Wittgestein. Se me ocurre uno, heredado de Platón: la distancia respecto a los sofistas.

En toda hora, Aristóteles se enfrenta decididamente contra los sofistas. La lucha contra ellos es una constante. Metafísica IV, tour de force de la argumentación, está dedicado muy especialmente a Protágoras.

Sócrates, Platón y Aristóteles son tradicionalmente presentados como la “triada” antisofista a los jóvenes bachilleres. La condición de posibilidad del Corpus es la confianza en la razón; confianza moderada, pero confianza. La posibilidad de estados mentales de certeza asociados a la posesión de tesis verdaderas es la “condición trascendental” de la filosofía de Aristóteles. Podemos conocer algunas verdades con certeza.

Obviamente un escepticismo fuerte, al estilo de Pirrón, es incompatible con Aristóteles. Pero también son incompatibles los falibilismos más o menos mitigados. Aristóteles defiende con denuedo algunas tesis cuya verdad está por encima de los avatares del mundo sublunar. Remito de nuevo a Metafísica IV. Aristóteles necesita unas creencias (pocas) firmes. Las conjeturas han lugar en el Corpus, siempre dentro del marco firme del principio de no contradicción y “todo que le sigue”.

Insisto, el Corpus no pretende constituirse en la ciencia universal, compuesta por tesis, definiciones y demostraciones absolutamente necesarios. Muchas obras de Aristóteles son conjeturas verosímiles elaboradas, eso sí, partiendo de una teoría de la ciencia de Analíticos. Las Éticas, la Política, los Parva naturalia carecen de las pretensiones de Metafísica IV o VIII. Desde las primeras líneas de la Nicomáquea, se nos recuerda que la felicidad no es un asunto susceptible de ser estudiado con el rigor de la geometría.

Las obras plausibles de Aristóteles -si se me permite esta clasificación- son particularmente consultadas en nuestra época. La rehabilitación de la razón práctica, réplica a la razón ilustrada, no es sino la recuperación de la phrónesis, es decir, de la racionalidad de la contingencia.

Muchos autores contemporáneos están en deuda con las ideas y metodología de los saberes plausibles, es el caso de la retórica, la ética y la poética.

El marco “trascendental” del aristotelismo en cambio, es menos socorrido. Ya he señalado -siguiendo a Fernando Inciarte y Alejandro Llano- que la mejor explicación de estas condiciones trascendentales de la filosofía aristotélica está en Metafísica IV, el razonamiento antisofístico par excellence, evita la disolución de los contornos que distinguen entre sí las cosas conocidas.

Para lograr su objetivo, la estrategia de Aristóteles es increíblemente económica: partir del hecho del lenguaje.

Tres ideas, cuando menos, inervan el libro IV de la Metafísica: (1) la posibilidad de pensar; (2) la significación del lenguaje y (3) el valor expresivo de las acciones humanas. Quien pone en duda nuestra capacidad de pensar, que nuestras palabras poseen significado o que nuestro actos -ir a Megara- poseen un valor semántico, ese tal difícilmente podrá suscribir el aristotelismo.

En el libro IV de la Metafísica, Aristóteles discute con quienes piensan que Megara y no-Megara son lo mismo; no discute con quienes suponen que nuestro lenguaje expresa nuestros pensamientos o con quienes piensan que nuestro comportamiento es un acto de habla. Tales sujetos son como plantas y con ellos no es posible argumentar.

Aristóteles tampoco puede dialogar con quienes conciben el “yo” como una conciencia separada del mundo (si es que los hubo en el mundo griego). Incluso el intelecto separado está unido como luz. El nous poiétikos de alguna manera está en el ser humano. El nous humano -al menos el entendimiento paciente- es parte del mundo. La conciencia -si la palabra fuese aristotélica- no es un islote aislado o separado del mundo. Me atrevo a sugerir, con más audacia que tino, que el alma es un objeto inventariado en el cosmos; en el mundo, lunar o sublunar, “hay” almas humanas.

Creo que Aristóteles preferiría catalogar al alma en la lista de enseres del universo -olvidando el hilemorfismo- antes que separarlo como una conciencia. Para Aristóteles solo hay dos modos de ser: dios y lo demás. Metafísica IV -con razón o sin ella- niega un espacio al cogito cartesiano o el ich denke uberhaupt kantiano. El alma es un modo de ser. La “deducción trascendental” aristotélica no legitima el tránsito del pensamiento a la realidad. Según Aristóteles no hace falta tender un puente; nos encontramos ya en la realidad, en el universo.

Quien concibe la filosofía como la construcción de un puente entre sujeto-objeto no puede ser aristotélico. No me extraña que Hegel esté más cerca de Aristóteles que Descartes o Kant. (No estoy afirmando que Hegel sea un intérprete fiel del Corpus).

Aristóteles cultiva una filosofía de la mente, difícilmente una filosofía de la conciencia al estilo del idealismo alemán. Del nous divino sabemos poco, y lo que de dios sabemos es adquirido por la vía pedestre del movimiento, de la generación de lo sensible, y poco más.

Aristóteles no filosofa sobre la interioridad sino en un sentido muy “terreno”, como acontece con el drama del akrates. Por eso propuse Metafísica IV como el caso más crítico del Corpus: ahí se indaga si el mundo es un sueño. Pero incluso en tal disputa, la inserción de las almas humanas en el mundo es cabal. El ser humano es la unión substancial del alma y cuerpo.

¿Quién no puede ser aristotélico? Quien piensa que el ser humano no es una entidad del mundo natural.

Texto extraído del libro Aristóteles y aristotélicos, Zagal Arreguín, Héctor, Fonseca Ornelas Alberto (compiladores), 2002, Publicaciones Cruz O., S.A. México, pp.V-VII

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Topics: Metafísica, Física y metafísica, Filosofía, Aristóteles

Héctor Zagal

Escrito por Héctor Zagal

Doctor en Filosofía por la Universidad de Navarra. Profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana. Autor de Ética para adolescentes posmodernos y Gula y cultura.

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